Una visita a la ciudad de Ibiza no ha de pasar por alto el Museu Monogràfic del Puig des Molins, dedicado al importante yacimiento arqueológico que se emplaza al sudoeste de la bahía sobre una colina cuyo nombre proviene de los molinos que en ella existieron desde al menos el periodo tardo medieval. La colonia de fenicios que fundó el asentamiento ibicenco en el siglo VII a. C. había establecido allí su necrópolis, función que mantuvo a lo largo de toda la Edad Antigua y a la que se debe la valiosa colección atesorada hoy por el museo, reunida a partir de los ajuares funerarios que se encontraron en las innumerables tumbas excavadas en el lugar.

En este sentido cabe destacar que el yacimiento cuenta con entre doscientos cincuenta y trescientos cincuenta hipogeos visibles de época púnica, cuyo “excepcional” estado de conservación  supuso –según recuerda la conservadora del museo, María Bofill– uno de los factores clave para que la capital ebusitana fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en la sesión celebrada en Marrakech el 4 de diciembre de 1999. Conviene recordar que la candidatura de Ibiza, Biodiversidad y cultura, se apoyaba tanto en la riqueza de su medio natural como en la de sus vestigios históricos, habiéndose de añadir al carácter único de su pradería de posidonia oceánica que se extiende hasta Formentera el mérito de las murallas renacentistas de Dalt Vila, así como, en el caso que nos ocupa, la importancia de los restos arqueológicos conservados de las épocas fenicia (siglos VII-VI a.C.), púnica o cartaginesa (siglos V, IV y III a.C. principalmente) y romana (desde el año 25 a. C. hasta el comienzo de la Edad Media), sin olvidar el periodo de dominio musulmán que finalizó con la conquista catalana de la isla en 1235.

La visita al Museu Monogràfic del Puig des Molins propone un recorrido inicial que permite al visitante contemplar el yacimiento exterior, donde en primer lugar se aprecian algunas fosas fenicias y, sobre todo, los pozos de la etapa cartaginesa –que entre el 450 y el 375 alcanzarán su máximo apogeo decayendo especialmente con las guerras púnicas a partir del siglo III a. C.–.

Estos últimos eran aberturas excavadas, de alrededor de dos metros de largo por uno de ancho en superficie y cerca de tres metros de profundidad, a través de las que se descendía verticalmente –alguno de ellas podría sugerir una leve disposición diagonal– hasta el punto desde el que se llegaba a la adyacente cámara mortuoria, donde eran depositados el sarcófago y el ajuar funerario del fallecido. El acceso a esta cámara se sellaba con una losa y el pozo de bajada se rellenaba de nuevo y solo se volvía a abrir en caso de celebrarse un nuevo entierro.

En la actualidad esta estructura queda visualmente manifiesta gracias al desnivel que provocó en el terreno el empleo de una parte de este yacimiento como cantera en el siglo XVI. Además, a raíz de un acontecimiento fortuito como la caída de una mula a uno de los pozos en 1946, fue posible descubrir el conjunto de hipogeos –llamados por tanto ‘de la mula’– que hoy constituye uno de los mayores alicientes del museo. Y es que, protegido con un casco, el visitante puede descender y recorrer una serie de cámaras mortuorias que, aunque independientes en su día, hoy aparecen unidas debido a los saqueos sufridos a lo largo de la historia: lógicamente, al tratarse de una necrópolis, los enterramientos se disponían unos junto a otros, de ahí que los profanadores se percatasen de que vaciar un solo pozo y perforar lateralmente su correspondiente cámara mortuoria para acceder a las contiguas era más sencillo que tener que entrar en cada una de ellas por separado. Así, una vez en el interior de las cámaras y teniendo este hecho en consideración, es posible reconstruir mentalmente la disposición original de los hipogeos. Aparte del lugar donde reposaba en su sarcófago el cuerpo del difunto y de las oquedades verticales de los pozos, es posible percibir en algunos laterales un área cuadrangular modernamente reforzada con cantería donde, en su día, se habría ubicado la losa de sellado de la cámara que, a su vez, comunicaría con su respectivo pozo de entrada. En definitiva, una experiencia incomparable que permite retrotraerse 2500 años en el tiempo y que conlleva una inevitable reflexión acerca de las costumbres con que cada pueblo ha afrontado la inevitable presencia de la muerte. Justamente, esta “temática humana y transversal”, en palabras de María Bofill, es la que confiere al Museu Monogràfic del Puig des Molins su principal rasgo distintivo. 

Tras la visita exterior, que permite calibrar las excepcionales dimensiones del yacimiento y lo mucho que aún queda por descubrir, el recorrido continúa a lo largo de cinco salas que en el interior del museo proponen al público una aproximación a los rituales funerarios en la isla de Ibiza durante las épocas fenicia, púnica y romana, todo ello a través de medios didácticos –breves vídeos explicativos y pantallas interactivas con información detallada de cada una de las secciones– pero, muy especialmente, gracias a la extraordinaria colección arqueológica que allí se exhibe. 

Un aspecto a resaltar en la labor divulgativa que desarrolla el museo es la familiarización del visitante con las creencias del pueblo fenicio y cartaginés, cuya historia y costumbres, desgraciadamente y a pesar de su relevancia en el contexto de la Antigüedad hispana, son hoy en día mayoritariamente desconocidas. Los fenicios creían en lapurificación del individuo a través del fuego, del mismo modo que Melqart –dios de la fecundidad y protector de los navegantes– había desaparecido en las llamas para reaparecer inmortal. Por este motivo, cada cadáver era sometido a un proceso de cremación que, tras desechar las cenizas, permitía recoger las astillas de los huesos en vasijas. Dado que los pueblos semitas creían en la dualidad del alma, era en estos restos donde se consideraba que aún permanecía el Nephesho alma del difunto que ha de morar en la tumba, por lo que cada vasija debía devolverse a la Madre Tierra enterrándose en una fosa cuya ubicación era cuidadosamente señalada con un betilo, pequeño elemento pétreo de pie derecho. Al mismo tiempo, mientras el Nephesh quedaba en la tierra y debía ser honrado por medio de libaciones, el fuego liberaba el Barlat, espíritu o principio vital del alma que iniciaba su camino hacia el Shehôl, quedando a salvo de permanecer atrapado para siempre en la morada subterránea de Mot –la muerte, que se identificaba con el calor y la sequía–. Se cumplía así el tránsito hacia una nueva vida donde el difunto podría reunirse con sus antepasados.

La hegemonía de Cartago, sometida a las influencias egipcias y de otros pueblos indígenas africanos, supuso la llegada a Ibiza de una nueva comunidad con diferentes costumbres funerarias, pasando a ser minoritaria la cremación del cadáver frente a su inhumación. De ahí el cambio que se aprecia en la necrópolis ibicenca, donde las fosas de reducidas dimensiones dejan paso a los grandes hipogeos. Y dado que antes de enterrar al fallecido era preciso que los familiares prepararan su cadáver, las vitrinas del museo exhiben toda una serie de objetos asociados al nuevo rito: navajas para afeitar el vello corporal, sinónimo de impureza; pequeños objetos cerámicos donde contener los bálsamos con que ungir el cuerpo; joyas para adornarlo; huevos de avestruz decorados, símbolo del principio de la vida; y, de gran relevancia en la época, amuletos de protección del espíritu o Rouah, al que se suponía sometido a las inclemencias de fuertes vientos y a la amenaza de pérfidos demonios en la travesía marítima que le llevaría al Más Allá. Cabe destacar a este propósito las piezas de carácter apotropaico que pueden contemplarse en la exposición permanente del Museu Monogràfic del Puig des Molins como, por ejemplo, los moldes con la representación del dios Bes, favorecedor de niños, embarazadas y protector contra los animales peligrosos –y al que se atribuye el nombre primigenio de Ibiza, Ybshmo “islas de Bes”, del que derivaría el romano Ebusus–. Pero, sobre todo, llama la atención la omnipresencia de la diosa Tanit, a quien se confiaba primordialmente el tránsito del difunto. Quizás la pieza más emblemática de la colección sea la que en su día fuera identificada con esta deidad púnica, a pesar de que a primera vista su estilo impida cualquier asociación directa con la cultura cartaginesa. En cualquier caso, aunque se la crea proveniente de Sicilia, esta ‘Tanit’ de rasgos grecorromanos hallada en 1913 y fechada en el siglo IV a. C. es un ejemplo más de los múltiples testimonios procedentes de otras culturas que se han hallado en los ajuares funerarios ibicencos, lo que prueba el constante contacto que se mantuvo en la isla con pueblos del entorno durante la Antigüedad. En este sentido, las piezas del museo evidencian distintas procedencias e influencias: egipcias, romanas e, incluso, etruscas, son solo algunas de ellas y, entre todas, sobresale el recargado estilo ornamental de las obras propiamente isleñas. Justamente, a veces las esculturas revelan una fusión de diferentes estéticas, como ocurre con la cabeza femenina del siglo IV a. C. cuyas facciones clásicas se acompañan de la típica profusión decorativa ibicenca.

En suma, aparte de las cuatro primeras salas dedicadas a las costumbres funerarias en los periodos fenicio, púnico y romano –La eternidad a través del Fuego. La muerte en el período fenicio (625-525 a.C.); El viaje al Mas Allá. Rituales Funerarios púnicos (525-25 a. C.); El momento de las exequias. Los enterramientos de los púnicos (525-25 a.C); y Sit tibi terra levis. La muerte en época romana y tardoantigua (25 a.C.-600 d.C.)– el museo también cuenta con un quinto espacio consagrado a la Colección Rafael Sainz de la Cuesta (1896-1961), agente de cambio y bolsa madrileño que eligió Ibiza como destino vacacional desde 1931 y cuya afición a la arqueología le condujo a atesorar un importante número de piezas, llegando a evitar que una parte de las obras reunidas por el que fuera director de la Sociedad arqueológica ebusitana, Juan Román Calvet, abandonara la isla tras su muerte. Asimismo, al fallecer Sainz de la Cuesta, la familia cumplió su voluntad de donar al Estado español toda su colección, a condición de que esta llevara el nombre de su propietario y se expusiera de forma permanente en Ibiza. Forman parte de este conjunto objetos cerámicos, de vidrio y metálicos relacionados con el ajuar funerario en distintas épocas, desde la púnica a la islámica, pasando por la romana. También se incluyen una selección numismática y una serie de obras escultóricas de diferentes épocas, de entre las que cabe señalar la única pieza romana que la integra, una representación en mármol de la cabeza del dios Baco hallada en 1903 en el yacimiento de Can Fita (Santa Eulària des Riu) y fechada en los siglos I o II d. C. Llaman del mismo modo la atención la máscara funeraria barbada con decoración pintada de estilo púnico ebusitano o la dama entronizada con restos de pintura blanca y azul –probablemente representación de la diosa Tanit–, ambas del siglo IV a. C. No obstante, merece la pena destacar especialmente las estatuillas de producción ibicenca, como la figura femenina desnuda con pendientes en forma de cabezas –asociada nuevamente con Tanit en cuanto divinidad funeraria y cuya datación se establece entre el 450 y el 350 a. C–. En general, se trata de pequeñas esculturas estantes de canon alargado con cuellos y cabezas prominentes y los antebrazos ligeramente alzados en actitud orante, oferente, protectora o de potestad. Sus principales rasgos distintivos, además de cierta planitud y esquematización en su modelado, son la originalidad y la riqueza ornamental que se concentra en sus tocados y atavíos.

Por fortuna la necrópolis del Puig des Molins fue declarada Monumento Histórico Artístico en 1931, lo que facilitó la preservación de las más de cinco hectáreas que en la actualidad la convierten en la necrópolis fenicio-púnica mejor conservada del Mediterráneo occidental. Esta relevancia se manifiesta igualmente en el campo de la investigación, convirtiéndose el Museu Monogràfic del Puig des Molins, de acuerdo con Bofill, en “un referente para cualquier investigador”, por las tareas de conservación, restauración y análisis que en él se desarrollan. Justamente la institución acaba de acoger los pasados días 27, 28 y 29 de noviembre el XI Coloquio internacional del Centro de estudios fenicios y púnicos titulado La muerte y el más allá entre fenicios y púnicos, que ha contado con la intervención de reputados académicos como Pierre Zalloua, de la Lebanese American University. Asimismo, veintisiete piezas del museo se encuentran ahora en Italia formando parte de la selección de obras expuestas en la muestra Carthago: il mito immortale, que permanecerá abierta al público desde el 27 de septiembre de 2019 hasta el 29 de marzo de 2020 en el Parco archeologico del Coliseo de Roma.

Para terminar, tampoco han de olvidarse las exposiciones temporales que organiza el Museu Monogràfic Puig des Molins, como la reciente Los secretos del puig de s’Argentera: El mineral de galena y su explotación a través del tiempo, acerca de la explotación de dicho mineral –principal mena de plata y plomo– en el citado Puig de s’Argentera, una actividad de la que se tiene constancia desde época fenicia, aunque no se posea documentación escrita hasta el siglo XIII, una vez conquistada la isla por los catalanes.

Museu Monogràfic del Puig des Molins
Vía Romana, 31 – 07800 Ibiza (Baleares)
Necrópolis declarada Monumento Histórico Artístico el 3 de junio de 1931.
El Museo Monográfico del Puig des Molins se inauguró definitivamente en 1968, casi cuarenta años después de que Carlos Román, director del Museo Arqueológico en 1929, aprovechara la visita de Alfonso XIII a la isla para plantear su creación.
Fue reabierto el 12 de diciembre del 2012 tras una importante reforma de sus instalaciones.
En 1999 la necrópolis fue incluida por la UNESCO entre los bienes declarados Patrimonio de la Humanidad, dentro de la candidatura Ibiza, Biodiversidad y Cultura.
Más información en www.maef.eu/museo-puig-des-molins/

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