Una de las exposiciones más destacadas de la presente temporada en Madrid es la que lleva por título Rodin-Giacometti, organizada por la Fundación Mapfre en colaboración con las instituciones parisinas del Musée Rodin y la Fondation Giacometti. La muestra presenta al público más de 200 piezas agrupadas en nueve áreas temáticas que analizan la relación entre dos de los escultores más relevantes en la historia de la escultura contemporánea. Según Nadia Arroyo, directora de Cultura de la Fundación Mapfre, son estas mismas obras “las que nos van a hablar y las que van a establecer ese vínculo en cada sección” sin dejar de sorprender nunca por “su fuerza y belleza”.

Ya desde hace algunos años se ha venido confrontando la obra de Auguste Rodin con la de artistas como Henri Matisse (2009-2010) o Robert Mapplethorpe (2014) y, próximamente, se dedicará una nueva muestra a comparar su obra con la de Pablo Picasso (2020-2021). A este respecto la directora del Museo Rodin, Catherine Chevillot, ha mostrado su orgullo por la difusión internacional de la obra del escultor francés, de modo que pueda ser contemplada por los artistas y el público en general estableciendo conexiones “que tengan sentido y hundan sus raíces en la historia del Arte”. Precisamente, según Chevillot, en el caso de Rodin y Giacometti estas raíces son “aun más profundas de lo que cabría imaginar”, pues partiendo de lo que a priori podría interpretarse únicamente como la mirada de Giacometti sobre la obra de Rodin, se ha podido reactualizar la aportación de este último al arte de la escultura, favoreciendo una mejor comprensión tanto de su época como de la nuestra. Así, a partir de los paralelismos establecidos entre las piezas realizadas por Rodin y Giacometti, la exposición madrileña ha permitido reformular cuestiones relativas a la representación escultórica de grupo o a la experimentación formal mediante el modelado y la escultura fragmentaria.

Alberto Giacometti (1901-1966), hijo del pintor postimpresionista Giovanni Giacometti, conoció muy joven la obra de Auguste Rodin (1840-1917). No hay que olvidar que en la década de 1910 el escultor parisino era el gran referenteel artista que tras descubrir a Miguel Ángel durante su viaje a Italia de 1875 había revolucionado la escultura de su tiempo, sorprendiendo inicialmente por su extremado naturalismo y, hacia 1890, por la adopción de un lenguaje fuertemente expresivo. A este hecho hay que añadir que entre 1922 y 1925 Giacometti se formó en la Académie de la Grande Chaumière, convirtiéndose así en discípulo de Antoine Bourdelle, quien a su vez fuera antiguo alumno y ayudante de Rodin. Lógicamente, a pesar de hacerse necesario un distanciamiento del maestro para crear un estilo propio, en la obra de los dos escultores se van a manifestar unas mismas constantes, entre las que Catherine Grenier, directora de la Fondation Giacometti, destaca en primer lugar la visitación de la Antigüedad: en el caso de Rodin, a través de su museo personal –que él denominaba “museo de los antiguos”– y, en el de Giacometti, mediante su conocimiento de la historia del Arte –lo que Grenier califica de “museo mental iconográfico”–. Este imaginario que Giacometti plasmó en numerosos dibujos puede apreciarse en la exposición de la Fundación Mapfre gracias a obras como Copia de una escultura egipcia realizada a bolígrafo sobre papel. Del mismo modo, también las esculturas testimonian esta mirada al pasado, tanto en Rodin –véanse por ejemplo su Torso masculino en terracota o su Gran mano izquierda crispada–, como en Giacometti –cuyos Busto de hombre sentadoHombre de medio cuerpo remiten expresamente al arte sumerio, egipcio u oceánico, que conoció en el Museé du Louvre y en el Musée de l’Homme de París–. No obstante, estas piezas atestiguan que lo que ambos artistas buscaban no era la simple imitación, sino volver a interrogar las fuentes con miras a reinventarlas, en una suerte de búsqueda de la libertad expresiva que para Giacometti también tendrá un referente en Picasso. Al mismo tiempo, ninguno de ellos perderá el contacto con la realidad, lo que es especialmente significativo en el caso de Giacometti, quien frente a la abstracción se decantará por la representación del ciudadano de a pie que encuentra transitando por las calles. Si el suizo intentó desvincularse inicialmente de la formación recibida asumiendo los presupuestos cubistas y surrealistas, no tardó en volver a interpretar lo real a partir de su propia experiencia interior. Justamente aquí se encuentra un nuevo punto de conexión entre ambos autores y que remite a las dos piezas más emblemáticas en la exposición de la Fundación Mapfre, las que reciben el título de El hombre que camina. En lo concerniente a Rodin, se trata de una obra que deriva de una versión reducida de su San Juan Bautista y que, sin cabeza ni extremidades superiores, con la magnitud y solidez propias de la estatuaria clásica, parece avanzar de forma inexorable. Por su parte, Giacometti esbozó esta obra junto a su reproducción fotográfica en uno de los libros que poseía sobre el escultor francés y, a su vez, este boceto terminaría concretándose en la serie que protagoniza una de las estilizadas figuras que le son características, cuya sutil masa corpórea se reduce a la prolongación lineal de la materia escultórica y donde la superficie áspera y rugosa trasluce la intervención del artista que tan magistralmente supo plasmar la esencia de la realidad tamizada por el filtro de su emoción interior. En consecuencia, frente al carácter heroico que manifiesta el hombre de Rodin, el de Giacometti parece demostrar la fragilidad propia de un contexto histórico diferente marcado por la angustia vivida tras la II Guerra Mundial. Sea como fuere, las versiones de los dos escultores se convierten en visiones complementarias de la misma existencia humana.

Por otra parte, las reproducciones que de sus obras ambos artistas llevaron a cabo ponen de relieve la importancia de la repetición como medio de profundización y experimentación escultórica, tanto desde el punto de vista del modelado como del estudio psicológico. Como subraya Catherine Chevillot, “la escultura es un arte serial, como el grabado” y, en los autores que nos ocupan, el continuo proceso de transformación de un mismo modelo se traduce en “una metamorfosis constante”. En este sentido Giacometti afirmaba que “ninguna escultura destrona a otra (…) no puede ser acabada ni perfecta” de ahí que Miguel Ángel “habría podido esculpir piedades sin repetirse, sin volver atrás, sin acabar nunca, yendo siempre más lejos. Rodin también”. Prueba de ello son los retratos de la bailarina japonesa Hanako, a la que el escultor francés conoció en la Exposición colonial de Marsella de 1906, así como los realizados por Giacometti de su hermano Diego o de la modelo profesional Rita Gueyfier.

Como se ha señalado, este estudio sistemático de un mismo asunto que no tiene por qué alcanzar nunca una versión definitiva conlleva una investigación formal continua, que en ambos autores se tradujo en la articulación de un lenguaje inconfundible donde inconsistencia y vivacidad se vuelven las dos caras de una misma moneda. La importancia que alcanzan la expresión matérica, la cualidad táctil y el gesto manifiesto del artista en su obra, a menudo desembocan tanto en Rodin como en Giacometti en un estilo caracterizado por la deformación que, particularmente en el caso del escultor suizo ha de asociarse al sufrimiento del periodo histórico que le tocó vivir. De entre las obras más significativas a este respecto puede destacarse La nariz de Alberto Giacometti o Cabeza de la Musa trágica de Auguste Rodin. Y desde el punto de vista de la expresividad emocional y del de la deformación plástica, no ha de pasarse por alto la serie de obras tituladas El grito, con la que Rodin consigue demostrar además la superioridad de la escultura frente a la fotografía pues, según él, “si el artista consigue dar la impresión de un gesto que se ejecuta en varios instantes, su obra es, sin duda, mucho menos convencional que la imagen científica, en la que el tiempo está bruscamente suspendido”. 

En línea con lo anterior, la exposición de la Fundación Mapfre resalta la contribución de Rodin y Giacometti a la evolución de la escultura moderna a través de la atención dedicada al accidente y al fragmento, lo que supone, en palabras de Catherine Grenier, no solo la mera reproducción plástica de una parte del cuerpo humano, sino una demostración de “libertad”, en cuanto “reflexión sobre el concepto de representación en la historia del Arte”. La escultura fragmentaria interesó a los dos autores, hasta el punto de que durante la última década del siglo XIX Rodin eliminó determinadas partes de esculturas anteriores con fines expresivos y, así mismo, la numerosa obra fragmentada que Giacometti conservó en su taller evidencia un interés estético y experimental por el accidente escultórico. 

Más allá del fragmento, los dos escultores también coincidieron en experimentar con la relación existente entre obra y pedestal, por ejemplo cuando Rodin instaló varias esculturas en una serie de columnas del Louvre para la apertura del Pavillon de l’Alma en 1900, coetáneo a la celebración de la Exposición Universal de París. Asimismo, Giacometti también estableció un diálogo entre ambas partes de la pieza escultórica jugando con el efecto provocado por sus dimensiones o proporciones, como en Cuatro figurillas sobre pedestal, que sobresale por la verticalidad de un pedestal gigantesco en comparación con el tamaño reducido de sus esculturas, todo lo contrario de lo que ocurre en composiciones como El ClaroLa Plaza

A su vez, estas remiten a la estatuaria de grupo, último de los nexos entre Rodin y Giacometti que aborda la exposición de la Fundación Mapfre la cual, justamente, se abre con una copia en yeso del conjunto monumental de Los Burgueses de Calais –el que Giacometti calificase de “museo magnífico de la escultura contemporánea” y con el que llegara a posar en el parque Eugène Rudier de Vésinet en 1950–. En esta obra se aprecia claramente cómo la individualidad de cada personaje se articula armónicamente con el conjunto, lo que puede considerarse resultado de extrapolar al grupo escultórico su “técnica de los perfiles”, consistente en tener en cuenta todos los puntos de vista posibles a la hora de modelar sus esculturas conforme a una realidad mutable y dinámica. Por su parte, Giacometti redujo esta idea a lo esencial y la dotó de un carácter metafísico dispersando una serie de figuras estáticas o en movimiento a lo largo de amplias explanadas o plazas, cuyo vacío acentúa indefectiblemente su soledad e incomunicación.

En suma, estas obras resumen la aportación de una exposición comparativa que arroja una mayor luz a nuestra concepción de la escultura contemporánea y universal confrontando las miradas del escultor que frente a “la simplificación académica” ensalzaba “el respeto y amor por la naturaleza de los antiguos” (Auguste Rodin, L’Art. Entretiens réunis par Paul Gsell, París, Grasset, 1911) y de quien, por su parte, se mantuvo “en equilibrio sobre una línea que separa el refinamiento de la inexistencia” (Thomas B. Hess, “Alberto Giacometti”, Art News, enero de 1951).

Rodin-Giacometti
Del 6 de febrero al 10 de mayo de 2020
(Nuevas fechas del 2 de junio al 23 de agosto)
En la Fundación Mapfre Sala Recoletos de Madrid
Más información en: www.fundacionmapfre.org

8 comentarios sobre “Rodin-Giacometti (Prorrogada)”

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