Frederick Kiesler, Mecedora correalista, 1942. Vitra Design Museum.

La nueva exposición temporal del CaixaForum GironaObjetos de deseo. Surrealismo y diseño, 1924-2020, reúne hasta el próximo mes de enero más de doscientas piezas, tanto de pintores y fotógrafos de la talla de Salvador Dalí, Man Ray, Lee Miller, Yves Tanguy, Joan Miró, Claude Cahun o Meret Oppenheim, como de grandes nombres del diseño y la arquitectura, entre los que se cuentan Gae Aulenti, Le Corbusier, Ray Eames o Achille Castiglioni. Todas ellas revelan la influencia del surrealismo y su preocupación por el mundo del subconsciente, los sueños, el erotismo, las obsesiones, el azar y lo irracional en una amplia variedad de manifestaciones artísticas, desde la pintura, la escultura, el dibujo o la fotografía, hasta la cinematografía, la moda o el diseño gráfico de libros, revistas y carteles, pasando por el interiorismo y el arte del mueble.

Libertad, subversión y fantasía

En consecuencia, esta muestra producida y organizada por ‘La Caixa’ y el Vitra Design Museum –cuyo director Mateo Kries ha actuado en calidad de comisario asistido por Tanja Cunz– se ocupa de la pervivencia de los presupuestos surrealistas en el mundo del diseño durante los últimos cien años, debiéndose entender esta continuidad como una reacción contra el funcionalismo racionalista imperante durante el primer cuarto del siglo XX. Así, llama la atención que, al mismo tiempo que el surrealismo buscaba inspiración en los objetos de la vida cotidiana para alterarlos y subvertirlos, su estética repercutía en el diseño de nuevos modelos de útiles que hacían suyo el paradigma surrealista, no solo durante los años treinta, a raíz de la publicación del Manifiesto del Surrealismo de Andre Breton en 1924, sino también y de forma especialmente intensa tras la II Guerra Mundial, cuando el desastre y la angustia existencial causada por el conflicto bélico internacional provocó una crisis de valores que hizo tambalearse los fundamentos más sólidos de la creencia en la razón humana. Una tendencia que aún hoy continúa vigente en el mundo del diseño contemporáneo que, partiendo del carácter imaginativo, onírico, irónico, terrorífico y emocional que el surrealismo incorporó a la plástica artística, consigue imprimir en sus creaciones el sello de libertad, subversión y fantasía que le son propios.

Sueños de modernidad

Se trata, pues, de una exposición de carácter multidisciplinar articulada en cuatro ámbitos temáticos: ‘Sueños de modernidad’, ‘Imagen y arquetipo’, ‘Surrealismo y erotismo’ y, por último, ‘El pensamiento salvaje’. Así, la muestra aborda en primer lugar la expansión que durante el segundo cuarto de siglo experimentó la aplicación de los principios del movimiento surrealista, propagándose desde el campo de la pintura a otras artes visuales como la fotografía o el cine, aunque sin olvidar áreas de creación artística como el diseño de objetos, muebles e interiores. Todas ellas asumieron formas contrarias al canon establecido por medio de insólitas conexiones relativas a la irracionalidad de la emoción humana y a la insospechada combinación de formas orgánicas, una estética que halla su antecedente en fórmulas gaudinianas –véase la silla de la Casa Calvet de 1901/1902–, así como en el pensamiento del autor de los Cantos de Maldoror (1869), Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, cuando afirmaba: «Bella […] como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una tabla de disección». Más próximos en el tiempo, los ready-mades de Marcel Duchamp originaron una nueva escultura basada en la creación de objetos sin sentido a partir de materiales encontrados, como demuestra la obra de Meret Oppenheim en particular y las exposiciones de arte surrealista de los años treinta en general.

En lo concerniente a la arquitectura y el diseño de interiores esta sección de la exposición gerundesa incide en el papel crucial del ático diseñado por Le Corbusier para el coleccionista Carlos de Beistegui (1895-1970), donde la arquitectura racionalista del Movimiento Moderno adquiere el aire de un collage surrealista con muebles exuberantes, tapizados brillantes, un conducto de ventilación en forma de periscopio y el imaginativo paisajismo de la terraza, ideado por Salvador Dalí. De hecho, los diseños de interiores del genio catalán adoptaron una estética similar que se volvió aún más atrevida durante la década de los treinta, baste citar como ejemplos de esta evolución la decoración de su casa de Portlligat, el sofá inspirado en los labios de Mae West o su teléfono langosta, creaciones que se corresponden con sus propias extravagancias pictóricas. 

Poco después, el ascenso del nazismo y la II Guerra Mundial obligaron a muchos de estos autores a emigrar a los Estados Unidos, donde los presupuestos del surrealismo arraigaron fácilmente entre los artistas locales. Es el caso de Ray Eames, Isamu Noguchi o Frederick Kiesler, quien diseñara la galería de Peggy Guggenheim, Art of this Century. Es en este momento, además, cuando Dalí se encarga de los escaparates de los almacenes Bonwit Teller de Nueva York y colabora con Alfred Hitchcock en el diseño escenográfico de la película Recuerda (1945). 

Imagen y arquetipo

A continuación, la muestra se centra en el interés de los surrealistas por cuestionar los convencionalismos de la vida real, creando confusión en el espectador mediante el establecimiento de asociaciones absurdas y casuales que trastocan la percepción y significación habitual de los objetos cotidianos. De nuevo a este respecto es especialmente significativo el referente de Marcel Duchamp y sus mencionados ready-mades, que ejercieron una gran influencia, tanto en el taburete con sillín de bicicleta o el sombrero que recuerda un molde para tartas de Achille Castiglione, como en la mesa apoyada sobre ruedas de Gae Aulenti, inspirada en la Rueda de bicicleta de Duchamp de 1913.

Esta búsqueda de una descontextualización de lo acostumbrado se ha mantenido hasta la actualidad, baste citar como ejemplo la lámpara con forma de caballo de las diseñadoras Front (2006). No obstante, el desarrollo de la industria del plástico ya posibilitó a partir de la década de los sesenta la realización de todo tipo de muebles de formas incoherentes o caprichosas, como evidencian las creaciones del movimiento de diseño radical italiano. Igualmente, la silla MAgriTTA (1970) –homenaje de Roberto Matta al pintor surrealista belga– o El testimonio (1971) –gran ojo con el que Man Ray incide sobre el papel del mueble como observador mudo de la vida doméstica– patentizan la pervivencia de la experimentación surrealista en el terreno del diseño durante el último medio siglo

Surrealismo y erotismo

Por otra parte, la tercera sección de la muestra del CaixaForum Girona se detiene en la fuerte carga erótica que a menudo presentan los objetos concebidos dentro de la corriente surrealista. Así, bajo el título de ‘Surrealismo y erotismo’ se agrupan una serie de obras en las que el amor y la sexualidad afloran de forma libre y desconcertante en creaciones que pretenden transgredir la censura que la moral colectiva impone en una sociedad puritana e hipócrita. Se incluyen en este grupo trabajos como el collage La cara de Mae West que se puede usar como apartamento surrealista (1934-1935), donde cada uno de los elementos decorativos con que Salvador Dalí diseña el espacio interior de la representación (cortinas-cabellos, ojos-lienzos, chimenea-nariz, sofá-labios) contribuye a la conformación del rostro de la actriz. En sintonía con esta estética, el diseñador, fotógrafo y arquitecto italiano Carlo Mollino creó la mesa Arabesco (1950), inspirada en el cuadro de Dalí de 1935, Mujer con cabeza de rosas, así como el Sofá Devalle (1939), basado en el citado sofá en forma de labios y que más tarde fue también reinterpretado por Studio65 en su Bocca de 1970 –la pieza “más icónica”de la exposición en palabras del comisario Mateo Kries–.

Un apartado especial dentro de esta sección es el dedicado al arte de las mujeres artistas que se situaron en la órbita del Surrealismo y que, contrariamente al fetichismo erótico de sus compañeros, se sirvieron de los motivos con que se identifica su sexo —boca, pechos, cabello y zapatos de tacón— para criticar la opresión y los estereotipos a los que la mujer se ve sometida. Mención especial al respecto merecen los autorretratos andróginos de Claude Cahun y las fotografías de Dora Maar y Lee Miller.

Esta última, al igual que Man Ray, se ocupó a menudo de la moda y es que este arte tampoco escapó a los postulados surrealistas, tal y como atestiguan el Vestido langosta (1937), el Sombrero zapato (1937-1938) o el Vestido esqueleto (1938) que nacieron fruto de la colaboración entre Salvador Dalí y la diseñadora Elsa Schiaparelli.

Tampoco debe olvidarse que el erotismo y la pulsión de muerte y violencia constituyeron las dos caras de una misma moneda entre los surrealistas. Una dualidad visible, por ejemplo, en Un perro andaluz de Luis BuñuelSalvador Dalí, así como en las muñecas cuyos cuerpos distorsionaba y fragmentaba Hans Bellmer. Esta asociación se perpetúa durante la segunda mitad del siglo XX en creaciones como la tetera con forma de cráneo de cerdo de Wieki Somers que, al igual que ciertas obras de Meret Oppenheim, genera cierta incomodidad en el espectador al establecer una correspondencia a priori incongruente y paradójica entre el uso habitual al que está destinado el objeto y su representación.

El pensamiento salvaje

Finalmente, en esta cuarta sección cuyo título alude a la denominación empleada por el etnólogo Claude Lévi-Strauss para referirse al interés por lo arcaico, lo fortuito y lo irracional, la muestra gerundesa remite al interés de los surrealistas por el mal llamado ‘arte primitivo’ así como por el inconsciente y el azar. Baste mencionar a este propósito la fotografía Blanco y negro (1926), donde Man Ray retrata la cabeza de una modelo junto a una máscara africana. Tampoco han de olvidarse técnicas como el cadáver exquisito, la escritura automática o los frotagges de Max Ernst

En este último apartado –en el que se ha incluido la pintura El león (1925) de Joan Miró, perteneciente a la Colección ‘la Caixa’– y al igual que en los anteriores, la exposición del CaixaForum ofrece ejemplos actuales que demuestran la pervivencia de estas técnicas en el diseño contemporáneo, como en el caso de la nueva imaginería de los objetos que nacen del automatismo que los dos hermanos franceses Ronan y Erwan Bouroullec aplican a sus diseños. A su vez, las nuevas tecnologías como la impresión 3D facilitan el juego con el factor azar en el diseño a través de los algoritmos, véase el jarrón creado por Audrey Large. Tampoco han de olvidarse  las aproximaciones experimentales y especulativas que asocian nuevas tecnologías y cuestiones sociales, como en Diseños para un planeta superpoblado: los recolectores (2009), de Dunne & Raby.

Para la muestra del CaixaForum Girona se ha contado con la colaboración de numerosas colecciones, fundaciones y museos de todo el mundo, como el San Diego Museum of Art, el West Dean College, la Fondazione Achille Castiglioni, la Eames Collection LLC y el propio Vitra Design Museum, donde ya se pudo admirar la muestra antes de que llegase a los CaixaForum Madrid, Barcelona y Sevilla.

Objetos de deseo. Surrealismo y diseño, 1924-2020
Del 28 de septiembre al 30 de enero de 2022
CaixaForum Girona
Más información en: www.caixaforum.es

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *