La publicación en 1888 del libro de cuentos y poemas Azul, obra del nicaragüense Rubén Darío, se ha convertido para muchos en el ejemplo por antonomasia de la paradigmática asociación establecida entre ese color y toda una serie de connotaciones simbólicas íntimamente ligadas al espíritu de la época modernista de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Una vinculación del azul con el arte, la belleza y el ideal que tuvo su precedente más inmediato en el Romanticismo francés, al declarar su máximo exponente Victor Hugo en su obra William Shakespeare (1864) que l’art c’est l’azur, o sea, ‘el arte es el azul (…) el azul de lo alto del que cae el rayo que hinche el trigo, dora el maíz (…)’. Por su parte, Charles Baudelaire también le otorgó una significación especial en sus versos al sostener que la belleza presidía cual esfinge incomprendida ese azul que se volvía símbolo de lo inalcanzable cuando se comparaba al poeta, “príncipe de las nubes”, con los albatros, “reyes del azur”, en su poemario Las Flores del Mal (1857). Igualmente, Stéphane Mallarmé se sirvió del eterno azur en su búsqueda de la belleza absoluta, manifestando su fascinación por el mismo en la composición titulada El Azur (1864): “Me obsesiono. ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur!” 

Es en este contexto en el que ha de entenderse la celebración de Azul. El color del Modernismo, una muestra que tras visitar Sevilla y Zaragoza llega ahora al CaixaForum Palma para ofrecer al espectador una experiencia estética basada en la percepción de paisajes, fenómenos de la naturaleza y estados de ánimo a través del sugerente y evocador filtro de una inspiradora gama cromática azulada. Y es que en el arte finisecular y de inicios de la nueva centuria esta tendencia se fundamentó en la idoneidad de un color frío como el azul para expresar a la perfección el intimismo y la ensoñación propios de una corriente simbolista que, frente al materialismo descarnado del positivismo, aludía a la introspección, el pensamiento, la soledad, la vida del espíritu, el misterio, la infinitud, el más allá y la belleza a través de retratos, escenas cotidianas y visiones paisajísticas protagonizados por la noche, el crepúsculo, la oscuridad, el mar o la montaña. Asimismo, no debe olvidarse que la comercialización de los pigmentos sintéticos durante la época de la Revolución industrial añadió al azul ultramar –o lapislázuli–, al índigo o al azul cobalto, nuevas variedades de este color como el azul ultramar francés, el azul de Prusia o el cerúleo, lo que aumentó exponencialmente su capacidad expresiva y sus posibilidades de aplicación al arte de la pintura.  

En suma, esta nueva cita expositiva articulada en cinco ámbitos temáticos –‘Todos los colores del azul’, ‘Azur, el poder evocador’, ‘Paisajes sonoros / Paisajes del alma’, ‘El pájaro azul y la flor azul’ y, finalmente, ‘La noche, el sueño, el abismo y la muerte / Nocturnos’–, reúne un conjunto de 67 obras plásticas –algunas expuestas al público por primera vez– entre las que cabe destacar la presencia de lienzos firmados por grandes artistas españoles como Pablo Picasso, Santiago Rusiñol, Joaquim Mir, Alexandre de Riquer, Isidre Nonell, Hermen Anglada-Camarasa, Darío de Regoyos, Nicolau Raurich o el uruguayo de padre catalán, Joaquín Torres García, además de otras importantes figuras del arte europeo como Ferdinand Hodler, Gustave Courbet o Maurice de Vlaminck. Al margen de la pintura, la muestra incluye una interesante selección de estampas japonesas de Toyohara Kunichika, Utagawa Kunisada, Keisai Eisen y Utagawa Hiroshige pertenecientes a la colección Anglada Camarasa y en las que el azul es el color predominante.

En lo que concierne al arte pictórico, uno de los atractivos de esta exposición –comisariada por la profesora titular de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, Teresa-M. Sala, y organizada por La Caixa en colaboración con el Museu Nacional d’Art de Catalunya y los Musées d’Art et d’Histoire de Ginebra–, es la presencia del lienzo de Joaquim Mir, La cala encantada, una de las tres versiones que el barcelonés realizó en Deià a partir de 1901 y que, propiedad de la Fundación Enaire, se exhibe de forma permanente en la Sala de Autoridades del Aeropuerto de Palma de Mallorca. De ahí que esta vista panorámica de gran formato de la cala de Sant Vicenç –en la que, según el propio Mir  “el mar, azul cobalto, refleja esas rocas encendidas y queda también rojo como la sangre”– pueda contemplarse de forma excepcional en la muestra balear hasta finales de mayo. Conviene recordar al respecto que Joaquim Mir residió en Mallorca hasta 1904, habiendo acudido a la isla a instancias de Santiago Rusiñol en 1899. Durante este periodo, el arquitecto Lluís Domènech i Montaner encargó a ambos la decoración del salón-comedor del Grand Hôtel de Palma (1903) –actual CaixaForum Palma–, donde se colgó la citada obra que hoy vuelve a su lugar de origen.

Sea comofuere, el itinerario propuesto al visitante en Azul. El color del Modernismo incide en varias cuestiones relativas a la estética simbolista, como por ejemplo el recurso a la sinestesia, es decir, a la síntesis en la obra de arte de “imágenes o sensaciones procedentes de diferentes dominios sensoriales”, tal y como la define la RAE. En este sentido, la ligazón entre pintura y música va a ser constante pues, si por una parte Paul Gauguin aseguraba que “el color es una vibración, como la música” y Vincent van Gogh le escribiría a su hermano Theo que “la pintura, (…) promete volverse más sutil –más música y menos escultura–”, compositores como Claude DebussyMaurice Ravel buscaron la evocación sutil de percepciones a partir de la creación sonora, lo que también les ha valido el calificativo de “impresionistas”. El azul insinúa así en pintura una melodía nostálgica y melancólica que expresa musicalmente un estado de introspección, como en las mujeres abstraídas de NonellHodler. Muchas veces este interés por los estados del alma del retratado remite directamente al propio artista o a personajes marginados, que se presentan ante el espectador sumidos en una profunda meditación acorde a los tonos azulados de escenas crepusculares en las que el fin de la jornada se identifica con la soledad, la tristeza y la muerte. De igual modo la noche se asocia a lo desconocido y lo fantástico, momento en que el espíritu del poeta se abandona a la imaginación y se produce “la revelación”, tal y como proclamaba Novalis en sus Himnos a la Noche (1800) o como Maeterlinck sentenciaba en su cita introductoria a Las Tribulaciones del estudiante Törless (1906) de Robert Musil, aseverando que no es sino “en las tinieblas” donde “relumbra aún, inmutable, el tesoro”. En otras ocasiones, sin embargo, los tonos azules del paisaje inundan una arcadia idílica de carácter atemporal en la que los personajes parecen vivir en una eterna e íntima comunión con la naturaleza. 

En relación con lo anterior, debe insistirse en que el colorido azulado de los elementos de la representación no está exento de una dimensión simbólica, de tal suerte que si en la práctica simbolista cada figura posee una significación específica, la aplicación del color azul contribuye a enfatizar su carácter alegórico, impregnándolo de las connotaciones propias de su tonalidad. Es el caso de las flores y los pájaros azules, tan presentes en la poesía de los mencionados Novalis, Maeterlinck y Darío como anhelo de lo infinito, de la perfecta unión de sueño y realidad.

Entre otros cuadros de interés sobresalen La música (1894) y Patio azul (1913) de Santiago RusiñolOro y azur de Joaquim Mir (ca. 1902), el Templo a las ninfas (c.1901-1911) de  Joaquín Torres GarcíaMarina de Cadaqués (Cúmulos) (s.f.) de Eliseu MeifrènEl lago Thun con reflejos simétricos (1909) del suizo Ferdinand Hodler. Cabe reseñar, además, la vista panorámica de las montañas de los Alpes de Gustave Courbet y la del mar tempestuoso de Ramón Martí i Alsina, dos autores que, aun siendo asociados con la estética realista, demuestran la importancia adquirida por el color azul en relación a la sublime representación de la grandiosidad de la naturaleza.

Por último, es preciso resaltar que en la muestra también está presente el arte cinematográfico a través de cinco películas cedidas por la Filmoteca de Catalunya, pues no ha de olvidarse que es en el periodo finisecular que ambienta la exposición Azul. El color del Modernismo cuando se produce el nacimiento de la cinematografía. A este propósito conviene tener presente que, aunque no pueda hablarse de cine en color propiamente dicho hasta los años veinte y treinta del siglo XX, sí que desde un principio pudieron colorearse los fotogramas manualmente, resultando significativo que en aquel momento el código cromático fílmico asociase el color azul con la noche. Precisamente fue el cineasta aragonés Segundo de Chomón quien, tras colaborar con su esposa coloreando películas en la compañía de Georges Méliès, Star Film, terminó diseñando el procedimiento de iluminado con plantilla que dará lugar al sistema Pathécolor, empleado a partir de 1906 en la industria cinematográfica. Esta experiencia suya se manifiesta en Les lunatiques, film que realiza Chomón para Pathé Frères de París en 1908 y cuyos trucajes revelan tanto la técnica adquirida como la desbordante imaginación del español, que en la exposición del CaixaForum Palma sirve de contrapunto a los azulados paisajes de la pintura modernista.
(Fuente: Obra social La Caixa)

Azul. El color del Modernismo
CaixaForum Palma
Del 19 de febrero al 31 de mayo de 2020
(Nuevas fechas del 1 de junio al 12 de octubre de 2020)
Más información en: www.caixaforum.es

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