Organizada por La Caixa en colaboración con el Museo Británico y comisariada por Thomas Kiely –conservador de la galería A. G. Leventis del Chipre antiguo en el Departamento de Grecia y Roma del British Museum– la exposición Lujo. De los asirios a Alejandro Magno reúne en Zaragoza más de 200 objetos entre relieves, joyas o artículos de lujo como marfiles, vidrios, cerámicas, decoraciones de mobiliario y metales preciosos, entre los que destacan las piezas procedentes del palacio asirio de Nínive y las del tesoro del Oxus, integrado por preciados artículos persas de plata y oro. Además de sobresalir por su valor artístico, todos ellos hablan del marco histórico en el que fueron concebidos, esclareciendo cuestiones relativas a la política y el comercio de la época en un contexto geográfico que se extiende desde el Mediterráneo hasta el Océano Índico.

Cronológicamente la muestra abarca desde el siglo IX al IV a. C., un periodo histórico que en Oriente Medio se caracterizó por la sucesión de poderosos imperios que acumularon una gran autoridad y riqueza. Desde la época asiria hasta la conquista de Alejandro Magno se generó una industria del lujo que fomentó la actividad artesanal y el consumo de objetos de gran suntuosidad que se distribuyeron desde la Península ibérica hasta la India gracias al desarrollo de importantes rutas comerciales. Y es que si por una parte estos grandes reinos sostuvieron una ambiciosa política territorial de carácter expansionista, la opulencia de sus dominios favoreció la magnificencia y ostentación no solo de sus élites, sino de todas las clases sociales, al fomentarse la producción de copias, imitaciones, falsificaciones y versiones más económicas de unos artículos de lujo que quedaban así al alcance de todo tipo de compradores. Una afición por el fasto en cuanto sinónimo de estatus e identidad que se manifestó de muy diversas formas, desde la residencia, la vestimenta y el jardín hasta la música y la gastronomía, pasando incluso por la decoración del equipamiento castrense, de ahí el espléndido ornato de carros, armas o arneses para caballos.

A este propósito conviene subrayar que la revalorización de las Artes suntuarias en este ámbito aparece íntimamente ligada a las campañas militares, dado el relevante papel jugado por los botines de guerra y la imposición de tributos a los pueblos sometidos en la construcción de una imagen de prestigio de los vencedores. Esos bienes incautados, exóticos y muy costosos, eran atesorados o invertidos en la financiación de grandes construcciones palaciegas ricamente decoradas con relieves que narraban las victorias conseguidas en el frente. A su vez, estas piezas de cuantioso valor influyeron en la producción local, que mimetizó o asimiló la nueva estética en sus creaciones. En cuanto al intercambio mercantil, resultó fundamental la intervención de los fenicios que desde Levante llevaron a sus colonias mediterráneas las piezas asiáticas, favoreciendo un intenso intercambio cultural entre Grecia, Egipto y Oriente Próximo.

En función de lo anterior, Lujo. De los asirios a Alejandro Magno ofrece un enfoque transversal de la historia de los antiguos imperios asirio, babilónico, fenicio y persa hasta la llegada de Alejandro Magno tomando como referente el binomio formado por lujo y poder en relación a las luchas territoriales y al comercio de materias primas y manufacturas suntuarias. 

Fue a partir del año 900 a. C., tras una época ‘oscura’, cuando la civilización de los asirios comenzó a prosperar en el norte del actual Irak, en torno a la ciudad-estado de Asur. Hacia finales del siglo IX a. C., el poderoso ejército que exigía la defensa de un territorio predominantemente llano se sirvió de su fuerza para expandir sus fronteras entre Egipto y el Golfo Pérsico, volviéndose en consecuencia las ciudades asirias cada vez más populosas y cosmopolitas. Entre ellas sobresalió Nínive, cuya caída a manos de los medos y babilonios en el 612 a. C. significó el fin del imperio.

Precisamente, entre las piezas más destacadas de la exposición del CaixaForum Zaragoza cabe destacar uno de los relieves de pared del Palacio norte de dicha urbe, cuya construcción fue impulsada por el gran rey asirio Asurbánipal, quien gobernara el imperio entre el 668 y el 630 a. C aproximadamente. Se trata de una pieza realizada en yeso y fechada entre los años 645 y 635 a. C. donde se narra la conquista de la ciudad elamita de Hamanu, situada al suroeste del actual Irán: tras su incendio y destrucción, los soldados asirios la abandonan transportando consigo el botín incautado.

En otras ocasiones, tal y como revela el Obelisco Rassam de Nimrud (Irak), los relieves representaban el pago del tributo que los pueblos derrotados tenían la obligación de hacer al rey de Asiria. Los caracteres cuneiformes que acompañan esta obra, erigida durante el reinado de Asurnasirpal II (883-859 a. C.) para proclamar su triunfo sobre Siria y otras regiones vecinas, especifican el tipo de bienes de los que debía hacerse entrega al soberano y que incluían desde metales, tejidos, mobiliario o, incluso, cantantes, hasta animales como caballos, bueyes y elefantes. 

De las edificaciones palaciegas de esta época, cada vez más grandiosas a medida que el imperio se extendía y su capital se trasladaba desde Nimrud a Jorsabad y Nínive, la muestra Lujo. De los asirios a Alejandro Magno presenta una pequeña porción de umbral de puerta del mencionado Palacio norte de Asurbánipal, cuya sofisticada ornamentación pétrea a base de rosetas, flores y círculos entrelazados reproduce los flecos y motivos decorativos de las magníficas alfombras que por aquel entonces tapizaron aquellas esplendorosas construcciones, posibilitando así que hoy podamos tener una idea de su formidable calidad, al no haberse conservado ninguna de ellas hasta nuestros días. 

Por otra parte, la moda del vestir con sus tejidos chipriotas, los cosméticos, perfumes y joyas que en buena parte se han perdido, pueden documentarse tanto a través de sus representaciones gráficas, como de sus refinados recipientes. Así, en el azulejo asirio del Palacio noroeste de Nimrud (actual Irak), el rey Asurnasirpal II (883-859 a. C.) sostiene un bol y un arco en sus manos para realizar probablemente una ofrenda de carácter cinegético. La imagen nos permite apreciar su túnica talar verde con flequillos de borlas de oro y plata y decorada con rosetas, así como el tipo de corona, el toldo superior con borlas y las llamativas joyas y vestimentas del soldado y de los servidores que le acompañan.

Desde el 850 a. C. y de forma paralela a la expansión asiria, los fenicios comenzaron a establecer nuevos asentamientos a lo largo del Mediterráneo, fundamentalmente en las actuales Italia, España y Norte de África. Este pueblo de artesanos y comerciantes exportó desde sus principales ciudades, Biblos, Tiro, Berito o Sidón (en el actual Líbano), valiosos objetos de marfil, vidrio y metal, así como el tinte purpúreo del que deriva su nombre en griegoPhoinikés, o ‘comerciantes del phoinix’, color que obtenían de los caracoles de mar del género Murex. A agilizar sus transacciones contribuyó la primera acuñación de moneda de la historia que tuvo lugar en Lidia, región de Anatolia occidental, hacia el 650 a. C. Justamente el nombre de su último rey, Creso (560-546 a. C.), ha dado lugar al sustantivo que la RAE define como “hombre que posee grandes riquezas”. Este sistema monetario fue adoptado por los aqueménidas a partir del 546 a. C., cuando Ciro II el Grande convirtió el reino lidio en satrapía persa y, de hecho, fue durante el gobierno de Darío I (521-486 a. C.) cuando aparecieron los primeros ejemplares en los que se reprodujo la imagen de un soberano, que es representado como arquero en los dáricos de oro. En la exposición del CaixaForum Zaragoza puede contemplarse algún ejemplar de las monedas lidias que, hechas de una aleación de oro y plata llamada electro, presentan en una de sus caras la figura del león, su símbolo real.

En cuanto a las obras suntuarias fenicias, estas se caracterizaron generalmente por una hibridación o mestizaje fruto tanto de la adaptación a la demanda de cada mercado, como de la transculturización o asimilación interior de diferentes influencias culturales. Ejemplo de ello es la estela de mármol dedicada a la memoria de un sidonio residente en Atenas, un monumento funerario del siglo IV a. C que presenta doble inscripción en griego y fenicio, pues no hay que olvidar que este último sistema de escritura fue la base de los alfabetos heleno, etrusco y romano.

Sea como fuere, tras casi tres siglos de apogeo la civilización asiria cayó en declive y, como se ha mencionado, los vecinos reinos de Media y Babilonia se aliaron para acabar definitivamente con su dominio saqueando su capital, Nínive. Ya en el 626 a. C. los gobernantes asirios habían sido expulsados por los babilonios, quienes finalmente se hicieron con buena parte del imperio y, aunque esta hegemonía apenas vino a durar cien años, la ciudad de Babilonia se convertiría durante esa época en una gran metrópoli, especialmente bajo el reinado de Nabucodonosor II (605-562 a. C.), a quien se atribuye la creación de sus famosos Jardines colgantes. Según cuenta la leyenda, los que en su día se consideraron una de las siete maravillas del mundo antiguo fueron diseñados con el fin de mitigar la nostalgia que la esposa del soberano, Amytis de Media, sentía hacia las montañas de su país natal. Precisamente, un relieve del Palacio norte de Nínive (645-635 a. C.) que representa los jardines de esta ciudad, creados junto a la extensa red de canales que los abastecían durante el mandato del rey Senaquerib (705-681 a. C.), nos ayuda a comprender el deleite que estos espacios naturales procuraron a las élites de los imperios orientales, siempre en relación a los placeres sensoriales que proporcionaban sus aromas y sonidos. La vegetación exuberante, las zonas umbrosas, las acequias y los peces que se descubren en esta pieza escultórica remiten a los citados jardines de Nínive en tiempos de Asurbánipal, nieto del citado Senaquerib.

Finalmente, en el 539 a. C. Babilonia cayó en manos de los aqueménidas, primera dinastía persa que procedía de un territorio situado al sur del actual Irán y que durante el reinado de Ciro II el Grande (559-530 a. C.) aumentó exponencialmente sus posesiones sometiendo a medos, lidios, babilonios y muchos otros pueblos hasta crear un gran imperio que abarcaba desde el Mar Negro al Golfo Pérsico y desde Pakistán al Mediterráneo. Fueron los autores helenos los que nos han descrito el fasto y la exuberancia de los aqueménidas, hecho que corroboran piezas como el frasco para aceite procedente de Basilicata, aunque posiblemente realizado en Atenas en torno al 400 a. C. En él se describe el ambiente distendido de un barbudo sátrapa provisto de látigo y funda de arco –emblemas de poder– que aparece montado en un camello junto a su comitiva, un criado con un abanico y un grupo de músicos y bailarines, todos vestidos según la moda persa. El bullicio y la presencia de otro criado con una antorcha en alusión a la noche llevan a identificar al sátrapa con Dionisio, deidad que había descubierto en Oriente los efectos del vino y al que, por tanto, los griegos representaban asociado a la fascinante civilización persa. Otra de las piezas exhibidas, la copa de plata y oro en forma de cuerno y decorada con un toro en su extremo inferior (500 a. C.) atestigua la opulencia de los banquetes aqueménidas, de los que muchas veces dependían relaciones diplomáticas y en los que se producía un notable intercambio de regalos.

No obstante, la llegada al trono de Macedonia de Alejandro Magno en el año 336 a. C. y las conquistas logradas desde Libia a la India en tan solo trece años supusieron el fin de la supremacía persa en Oriente Medio. Estilísticamente la conquista de los territorios del imperio aqueménida por parte de los macedonios trajo aparejada la helenización y consiguiente uniformidad de la producción oriental, al tiempo que las riquezas de los territorios dominados afluían hacia suelo heleno de forma masiva. A pesar de todo, la idiosincrasia local no desapareció totalmente, tal y como demuestra la copa con cabeza de toro procedente de Apulia (320-310 a. C.). Aunque sus motivos iconográficos son de inspiración clásica, el remate en forma de animal alude indiscutiblemente al gusto persa. Otras piezas de la exposición remiten a la muerte de Alejandro en el 323 a. C. y al reparto de sus territorios entre sus diádocos, que se sirvieron de su retrato en las monedas que acuñaban para legitimar sus derechos sucesorios. Es el caso de la moneda de época de Lisímaco (306 al 281 a. C.), en la que Alejandro aparece con cuernos de carnero en cuanto heredero de Zeus-Amón.

Como complemento a las piezas expuestas, distintas proyecciones audiovisuales detallan el trabajo de los materiales en que fueron realizados los artículos de lujo que se exhiben en la muestra, al mismo tiempo que otros recursos como pantallas interactivas o mapas dinámicos ayudan al público a contextualizar histórica, artística y geográficamente las obras de la exposición.

Por último, cabe recordar que Lujo. De los asirios a Alejandro Magnoya ha sido presentada en el Hong Kong Museum of History y en los CaixaForum de Barcelona y Madrid, tratándose de la tercera de las exposiciones organizadas conjuntamente por La Caixa y el British Museum que desde 2016 se han podido visitar en Zaragoza. Precisamente estas dos instituciones, que después de unir esfuerzos desde hace décadas han firmado un nuevo acuerdo de colaboración en 2018, se ocupan ya en la organización de nuevas muestras para el periodo comprendido entre 2020 y 2024.

Lujo. De los asirios a Alejandro Magno
Del 21 de febrero al 14 de junio de 2020
(Nuevas fechas del 1 de junio al 25 de octubre de 2020)
En CaixaForum Zaragoza
Más información en: www.caixaforum.es

Un comentario sobre “Lujo. De los asirios a Alejandro Magno (Prorrogada)”

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