Detalle de Christian Schad, Maika, 1929.

La incesante búsqueda de nuevas vías artísticas constituyó uno de los principales rasgos del período de entreguerras, un momento de esperanza y paulatina recuperación económica tras la Gran Guerra, la pandémica ‘Gripe española’ y la recesión por ellas provocada, que infundió en la ciudadanía occidental un fuerte anhelo de libertad, bienestar y felicidad

“Distracción a cualquier precio”

De hecho, el pintor Fernand Léger, cuya obra expuesta en el Salón de los Independientes de 1910 fue tildada de ‘tubista’ por el crítico Louis Vauxcelles, llegó a afirmar a propósito de este momento: “Nunca hubo una época tan ávida de espectáculo como la nuestra (…) Este fanatismo, esta necesidad de distracción a cualquier precio, son la reacción necesaria contra esta vida que llevamos, dura y llena de privaciones”. Un impulso vital que se tradujo socialmente en la visibilización de ciertos colectivos marginales, en la lucha por la igualdad de la mujer, en la puesta en duda del estereotipado sistema de atribución de roles de género o en la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora que, mediante la introducción de las cadenas de montaje, vio reducido su horario laboral, favoreciendo el florecimiento de la industria del ocio

Dinamismo y transgresión 

Científicamente, el cuestionamiento afectó a la tradicional concepción de la física, mediante el incipiente desarrollo de la mecánica cuántica –centrada en los procesos que acompañan la construcción del átomo– y la consecuente concesión del premio Nobel a Niels Bohr (1922) y Werner Heisenberg (1932), cuyo ‘principio de incertidumbre’ –imposibilitando el conocimiento preciso de ciertos pares de magnitudes físicas– contribuyó a desestabilizar el estatismo imperante hasta la fecha en cuestiones relativas a la identidad; además, las nuevas tendencias afectaron también a la propia definición del diseño urbano de la ciudad moderna, que por aquel entonces experimentó un crecimiento vertiginoso. 

En este sentido, la sensación de dinamismo que ya se había apreciado durante la Revolución Industrial y que habían ejemplificado las grandes Exposiciones Universales del siglo XIX, adquiere nuevamente un papel protagonista durante aquellos felices años veinte gracias al desarrollo que continuaron experimentando los medios de transporte y de comunicación de masas, particularmente centrado en los avances conseguidos en la fabricación del automóvil, la producción en serie, la radio y el campo audiovisual. El cineasta Walter Ruttmann, director de Berlín: Sinfonía de una gran ciudad (1927), sentenciaba a este respecto: “[La] especificidad del tiempo deriva fundamentalmente de la ‘velocidad’ de nuestra época (…) Así pues, el sujeto de nuestra reflexión es ahora la evolución temporal en la fisionomía de la curva, que está sometida a una transformación continua, y no ya la rígida yuxtaposición de puntos aislados”. Obviamente, las circunstancias vividas en esta etapa histórica van a dejar su impronta en el Arte, y viceversa. 

¿Prefiguración de la época actual?

Un siglo después de aquel intenso momento de transformación social y artística, el Museo Guggenheim presenta una exposición en la que se exhiben más de trescientas obras y testimonios documentales de todo tipo que, abarcando desde la fotografía y la cinematografía, hasta la música, la danza o la moda, pasando por las artes decorativas y la arquitectura, reflejan la síntesis de estilo y funcionalidad que caracterizaron esa década conocida como ‘los locos años veinte’ –y que tanto podría asemejarse a una próxima y esperanzadora era ‘pos-COVID-19’–. 

De este modo, contextualizando la muestra en las capitales europeas más cosmopolitas de la época, como París, Berlín, Viena o Zúrich –donde se estaban produciendo los avances sociales y estéticos más destacados–, se estructura un discurso narrativo que, a lo largo de siete seccionesAdiós al trauma de la guerraNuevos roles, nuevos modelosNuevas maneras de ver; La revolución de la modaTrabajo y ocioNuevas nociones sobre el cuerpo y, finalmente, Deseo–, pretende adoptar un enfoque renovador, alejado de los tradicionales postulados que anteriormente han sido aplicados al estudio de este periodo histórico. Así, es posible evidenciar el intenso intercambio artístico llevado a cabo entre distintos movimientos de vanguardia, véanse el Dadaísmo, la Bauhaus, el Constructivismo o la Nueva Objetividad, y entre sus diferentes manifestaciones plásticas, ya se trate de la pintura, la arquitectura o el diseño. Una experimentación e innovación creativas que sentaron las bases del Arte contemporáneo hasta nuestros días y que, incluso, han sido retomadas expresamente por las nuevas generaciones de artistas, cuya obra también está presente en la exposición bilbaína.

Arte y escenografía

Precisamente esta muestra, patrocinada por la BBK,  ha sido organizada conjuntamente por el Museo Guggenheim Bilbao y la Kunsthaus Zürich, bajo el comisariado de Cathérine HugPetra Joos, y con la colaboración especial de Calixto Bieito en calidad de diseñador escenográfico, hecho que constituye la otra gran novedad de esta cita cultural que aúna artes plásticas y escénicas gracias a la intervención del actual director artístico del Teatro Arriaga de Bilbao y director residente del Teatro de Basilea. Con más de ochenta óperas y obras teatrales dirigidas, Bieito dota a la exposición de una escenografía que consigue sorprender al espectador, incrementando el interés artístico e histórico de un conjunto de obras a través de las que, según se indica desde el museo, no se trata de “reconstruir o recordar de manera nostálgica, sino de retener en la memoria y hacer sensorialmente evidentes nuestros orígenes culturales”, poniendo de relieve “cómo distintas fases de la historia son similares y diferentes al mismo tiempo”.

En función de lo anterior, la muestra tampoco pretende mostrar una visión entusiasta de aquellos locos años veinte, sino que, en palabras de Petra Joos, “los años veinte del siglo pasado supusieron una explosión de creatividad, de liberación erótica, de pulsión sexual y de feminismo, pero también de trauma, de luchaeconomía salvaje y despiadada”. Una “locura” que, de acuerdo con Joos, se refleja “de una forma muy especial gracias a la dirección de la escenografía por parte de Calixto Bieito”. Este, por su parte, apela a una toma de conciencia ciudadana acerca de lo acontecido entonces “para confiar en la libertad creativa y no caer en los errores que sumieron al mundo en una de sus mayores catástrofes”.

Nueva época, nueva imagen

A tal fin, la muestra brinda una nítida radiografía de la década de los años veinte del siglo pasado, ilustrando las nuevas modas en el vestir y el peinado, que a su vez traslucieron la  nueva distribución de papeles desempeñados por mujeres y hombres. Mientras estos combatían en el frente, la economía doméstica y la educación familiar habían quedado en manos de sus esposas, compañeras, madres, hijas y hermanas que, tras el conflicto, vieron legitimadas sus reivindicaciones de autonomía e igualdad, socialmente aceptadas por medio del paulatino reconocimiento del sufragio femenino. Si el atuendo del varón optó por una disposición más flexible en la que bombín y traje sustituyeron al sombrero de copa y a la levita, el pelo corto a la ‘garçonne’, los vestidos de mujer hasta la rodilla, los productos de cosmética, las sedas suizas o el cigarrillo definieron un nuevo look femenino, del que, en palabras del modista Lucien Lelong, la mujer era única artífice, pues “la dieta, el ejercicio, los aparatos y tratamientos reductores, la extensión de los deportes al aire libre (…) lo han conseguido. La mujer moderna se ha convertido en arquitecta de su propia figura. Ha logrado rehacerse a sí misma conforme a su propio ideal”. 

En la misma línea, la muestra del Guggenheim recuerda la repercusión del “pequeño vestido negro” de Coco Chanel de hacia 1927 como símbolo de la emancipación de la mujer a través de una moda que, simultáneamente, realza el cuerpo femenino y se adapta a las nuevas funciones que esta ejerce en la sociedad –donde el cambio de mentalidad se advierte, a su vez, en la aparición de nuevos oficios como, por ejemplo, el secretariado–.

Liberación, sensualidad y erotismo

Pero además, las fronteras entre estos roles bien diferenciados comenzaron a diluirse y ciertos tabúes comenzaron a superar el silencio al que hasta entonces se habían visto sometidos, tal y como reflejan obras literarias como La Garçonne (1922) de Victor Margueritte, ilustrada por Kees van Dongen en 1925, o Los caminos del amor (1925) de Alexandra Kollontai, que transgrede las acostumbradas nociones de la pasión, el amor, la maternidad o el matrimonio.

En sintonía con estas nuevas tendencias, la diversión popular va a explotar la sensualidad y el erotismo por medio de la celebración de bailes nocturnos en los principales locales de las grandes capitales europeas, de los que el icono más relevante será la llamada ‘Venus de ébano’, Josephine Baker, quien llegó a París con su Revue nègre y su Danse sauvage en 1925, huyendo de los prejuicios raciales dominantes en los Estados Unidos. El éxito de Baker, a la que se considera una de las introductoras del charlestón en Europa, llegó hasta el punto de popularizar las cremas de nueces entre las mujeres parisinas, deseosas de oscurecer su tez blanquecina a imitación de la de la diva afroamericana. Justamente, la exposición del museo Guggenheim permitirá al espectador terminar el recorrido expositivo disfrutando de experiencias sensoriales complementarias por medio de los colores, los perfumes, las películas y la música de la época, desde el mencionado charlestón, el jazz o las chanson de época, a las composiciones dodecafónicas. 

Experimentación y responsabilidad social

En definitiva, el espíritu innovador de esta época se extenderá a todas las manifestaciones artísticas por medio de insólitos planteamientos, como los de la ‘Nueva visión’ y la muestra Film und Foto (FiFo, 1929) que, organizada entre otros por Moholy-Nagy, aunó cine y fotografía mediante su presentación conjunta como complemento de la mirada humana en una muestra itinerante que pudo visitarse en Stuttgart, Zúrich, Berlín, Danzig, Viena, Zagreb, Múnich, Tokio y Osaka. Asimismo, los propósitos de conseguir una mejora social mediante la creación artística caracterizaron la labor de la Bauhaus, escuela de diseño fundada en Weimar en 1919. Así, de acuerdo con el artista y docente Josef Albers “Nos hallamos en una época orientada hacia lo económico. […] Experimentar es más importante que estudiar y un comienzo lúdico infunde ánimos. Por eso no empezamos con una introducción teórica: al principio está solo el material”.

“Un breve instante en la historia del mundo”

Igualmente Karl Moser, Le Corbusier, Walter Gropius y Gerrit T. Rietveld, miembros fundadores del Congrès Internationaux d’Architecture Moderne (CIAM, 1928–1956), promulgaron una arquitectura y un arte del diseño socialmente responsables y representantes del espíritu de su tiempo… aunque no fuera este más que un tiempo efímero de progreso, libertad, desarrollo y belleza fugaces, tal y como el escritor vienés Stefan Zweig describiría en El mundo de ayer–. Sus líneas sintetizan a la perfección ese sentir generalizado en una época que el Museo Guggenheim Bilbao recupera con acierto y que, quizás, pronto pueda volver a experimentarse en nuestras sociedades contemporáneas (esperemos no de forma tan breve y con tan terrible desenlace):

El mundo parecía de verdad volverse a ponerse finalmente en pie. París, Viena, Berlín, Nueva York, Roma (…) llegaban a ser más hermosas que nunca, el tráfico aéreo conoció un enorme desarrollo, las disposiciones relativas a los pasaportes  se hicieron más flexibles. Las bruscas oscilaciones de los valores habían terminado, se sabía de nuevo cuánto se ganaba y cuánto se podía gastar. Ya no era necesario dirigir toda la atención a las cuestiones materiales: se volvió a trabajar, a concentrarse, a dedicarse a los asuntos intelectuales. Se podía incluso soñar y esperar una Europa unida. Durante aquellos diez años –¡un breve instante en la historia del mundo!– pareció que a nuestra generación, tan puesta a prueba, le fuera nuevamente concedida una vida normal”.

Los locos años veinte
Del 7 de mayo al 19 de septiembre de 2021
Museo Guggenheim Bilbao
Más información en: guggenheim-bilbao.eus

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