
Andy Warhol, Flores, 1964.
La nueva exposición del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Warhol, Pollock y otros espacios americanos, propone un inédito cara a cara entre dos artistas que tradicionalmente han sido considerados opuestos, pero entre los que en realidad existen numerosos puntos en común, para empezar y de acuerdo con Estrella de Diego, comisaria de la exposición, la construcción de una imagen pública —tanto por sí mismos, como por parte de la historiografía— bien distinta de su verdadera personalidad. Pero además, en un intento de revisitar críticamente la Historia del arte, la muestra pretende cuestionar el binomio Abstracción-Figuración en cuanto tendencias irremediablemente enfrentadas e independientes la una de la otra, pues ni Andy Warhol (1928-1987) se limitó exclusivamente a la creación de series pop, ni Jackson Pollock (1912-1956) resultó ser únicamente un artista abstracto; al contrario, ambos explorarían un mismo territorio. Así, al poder contemplar juntas sus obras, apreciamos ‘una dimensión distinta de los dos y sobre todo de una Historia del arte que desde el mundo americano se impone como una historia cerrada y que, sin embargo, deberíamos repensar’, defiende De Diego quien, a su vez, invita al público a contemplar, puesto que la contemplación supone ‘el acto más político y más radical que podemos hacer y que hace Warhol en una sociedad saturada de imágenes —incluso no tanto como la nuestra—; un acto revolucionario, porque significa detenerse y mirar, eso que ya pocas veces hacemos’, reivindica la comisaria que, a propósito de la conocida serie Campbell’s Soup Cans, sentencia irónicamente: ‘quien solo quiera ver latas, que vaya al supermercado’.
Andy
En efecto, Andy Warhol poseía un carácter tímido y afable, atestigua Rodrigo Navia-Osorio Vijande, presidente de la Fundación Suñol Soler y ‘testigo vivo’ que llegara a conocer personalmente al artista cuando, durante sus años de formación en Estados Unidos y por mediación de su padre —el destacado galerista Fernando Vijande—, consiguió una entrevista con Warhol en la Factory para poder preparar un trabajo académico. A los rasgos anteriores, Navia-Osorio añade una gran inteligencia y, como también enfatiza De Diego, la condición de ‘trabajador infatigable’. De ahí el desmantelamiento de muchos de los clichés que rodean a Warhol, como el de una supuesta ‘creación mecánica’ que en verdad no era tal, al apreciarse siempre mínimas variantes entre cada una de sus reproducciones de un mismo asunto.
Una forma de ser muy diferente del estereotipo de excentricidad que planeaba sobre aquella celebrity que despertó pasiones y atrajo a multitudes durante su visita a España en enero de 1983, cuando Vijande le dedicara la exposición Pistolas, cuchillos, cruces en su galería del barrio de Salamanca. Mientras a poca distancia la muestra Roy Lichtenstein 1970-1980 pasaba inadvertida en la Fundación Juan March, la sala Vijande vendió hasta doce mil entradas para contemplar a quien, en la España que despertaba tras la dictadura, en el efervescente Madrid de la Movida, significaba ‘libertad, modernidad, transgresión’, explica Rodrigo Navia-Osorio, quien recuerda cómo para su padre, aquel acontecimiento que trascendió el arte y se convirtió en fenómeno de masas, en titular de prensa y televisión, implicó el culmen de su carrera como galerista ‘en una España que necesitaba referentes’. De hecho, a modo de homenaje a Vijande la Fundación Suñol Soler ha producido el documental Warhol-Vijande. Más que Pistolas, Cuchillos y Cruces, que se preestrenará en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía los días 18 y 19 de diciembre de 2025.
De ensueños y sueños
Más de cien obras, muchas nunca expuestas en España de un dream team de artistas que, más allá de Warhol y Pollock, incluye a Frankenthaler, Twombly o Rothko, favoreciendo el intercambio de miradas contrapuestas entre todos ellos —y entre todos sus yos—, unas miradas que contemplan sus obras y desarticulan ideas preconcebidas e inculcadas. Asimismo un dream come true, un ‘sueño hecho realidad’ también para Estrella de Diego, quien en 1999 publicara Tristísimo Warhol, haciendo hincapié —precisamente y como bien indica su título— en esa otra imagen del autor estadounidense que contradice su mera identificación con la simple reproducción en serie de iconos mediáticos. Ahí se halla el germen de una exposición que, un cuarto de siglo después, reafirma las tesis de la ensayista y presenta ante el público esa botella de Coca-Cola de 1961 que conserva The Andy Warhol Museum de Pittsburgh y donde igualmente aparecen unos trazos a la manera de la Escuela de Nueva York, esas pinceladas que delatan un desdibujamiento de fronteras entre categorías a priori supuestamente estancas: arte pop versus expresionismo abstracto. En lo concerniente a Pollock, se ha conseguido traer a Madrid desde el Metropolitan su Composición de figuras (ca. 1938-1941) donde, para De Diego, ‘empieza ese juego de deslizamientos’, hasta el punto de que, asegura la comisaria, en ciertos casos algunos visitantes llegan a confundir las obras de ambos artistas, como es factible que suceda al observar, por ejemplo, Pintura de hilo (1983), ejecutada en un estilo que, a primera vista, nadie vincularía con Andy Warhol.
Lo inestable
Y es que ‘cada pieza cuenta una parte de eso que se comparte’, y no solo entre Warhol y Pollock, sino que los diálogos que se entablan son múltiples y afectan a cada representante de esa generación que tanto contribuyó a la relectura del espacio representacional, de ahí que las asociaciones terminen aproximando incluso a Warhol y Rothko con sus Sombras y Sin título (verde sobre morado), respectivamente. Hasta llegar a ellos el ‘espacio quebrado’ de Rauschenberg en Express (1963) se asemeja a las repeticiones de Warhol en, justamente, Rauschenberg triple (1962), así como el empleo de la técnica del collage en Sin título (n.º 707), compuesto por Anne Ryan en 1953, la disolución figurativa que en 1954 evidencia Pintura nº 56 (Amarillos lacerados) de Perle Fine, o el Paisaje expresionista abstracto (con nubes) realizado por Audrey Flack en 1951, se instalan en un terreno compartido, ese ámbito de lo intermedio, que como explica Estrella de Diego, siempre es inestable. Aun obviado por la literatura historiográfica, sus fisuras terminan provocando las fracturas que se vuelven ‘huella y vestigio’, tal y como se ha designado en la muestra a una de las secciones. Huellas a la manera de vestigios autobiográficos, como en las Pinturas de orina u oxidadas de los años setenta, con las que Warhol transforma ‘el cuerpo en paisaje’ y cuyas manchas ocres componen espacios similares a los de las manchas cromáticas de la Escuela de Nueva York.
Agujeros
Recuerda De Diego que En la Filosofía de Andy Warhol (de A a B y de B a A) el artista imagina radicalmente la escultura como un agujero en la pared. Esta noción visualiza perfectamente la relación dialéctica establecida entre figura y fondo por los artistas que transitan por el expresionismo abstracto y el arte pop estadounidenses. El vacío que se convierte en protagonista, lo ambiguo que deviene clave interpretativa del contenido de la obra, la anécdota que se erige en elemento principal, desestabilizan la tradicional distinción entre los planos del espacio pictórico, con obras no solo de Warhol —véanse sus excelentes fotografías—, sino también de Pollock, Krasner o Sol Lewitt donde ‘los fondos reclaman su estatus de figura’.
Igualmente, la concepción espacial se trastoca a partir de las repeticiones. Las apariencias engañan y, como se ha señalado, las piezas que conforman cada serie de Warhol nunca son idénticas. Sus duplicaciones y multiplicaciones contravienen las reglas de simulación del espacio en Occidente. Por eso para De Diego, ‘cada reiteración se convierte en una herida, una forma de borrar la imagen hasta convertirla en abstracción’. Evanescencias entre límites y convenciones, entre figura, fondo y espacio que, lógicamente, cristalizan en una reflexión metafísica acerca del vacío, la ausencia y, por ende, la muerte o ‘la rememoración de esas otras obras, las de los gestos de Pollock, de lo que fue y no es, trazos detenidos en el tiempo, memoria suspendida en el espacio’.
Plata
En suma, aunque no es la primera vez en la historia que se subvierten los cánones de representación del espacio tridimensional sobre la superficie del lienzo, la aportación de Pollock a su definitivo quebrantamiento determina decisivamente la propuesta artística de Warhol. En función de esta premisa defendida por Estrella de Diego, las correspondencias entre ambos se amplían de manera progresiva, como hace ostensible, por ejemplo, la analogía entre la pintura de aluminio que Pollock emplea en el lienzo titulado Fosforescencia, de 1947, y los fondos plateados de Warhol en Un solo Elvis que, en 1964 —casi veinte años después y en línea con el material argénteo de sus instantáneas—, demuestra que las rupturas dejan una impronta que más tarde alguien halla, sigue y revive, originando esa sucesión de ‘huellas y huellas’ que, paulatinamente, van trazando un relato historiográfico alternativo.
Antes de concluir cabe reseñar que Warhol, Pollock y otros espacios americanos ha supuesto una exposición compleja de producir, para empezar, por la fragilidad de las pinturas de Jackson Pollock, que ante cualquier traslado pueden sufrir fácilmente daños en sus texturas. Además, resulta una tarea ardua reunir obras suyas en España, donde Marrón y plata I del Museo Thyssen es la única tela del estadounidense perteneciente a una colección pública. Así, con un total de doce trabajos, casi podría considerarse esta muestra como la primera retrospectiva del artista en nuestro país. Por último, a pesar de no haber sido numerosas dentro del movimiento, se ha logrado incorporar al conjunto la contribución de siete mujeres artistas, empezando por Lee Krasner, precisamente mujer de Jackson Pollock entre 1945 y el fallecimiento de este en accidente automovilístico en 1956.
Una exposición, por tanto, que Estrella de Diego invita encarecidamente a visitar pues, ‘si no gusta el relato, al menos gustarán las obras’, y para ello concluye recordando las palabras del crítico Gary Indiana cuando exclamaba desde su tribuna en The Village Voice:
–No vayan a ver la exposición, ¡corran a ella!
Warhol, Pollock y otros espacios americanos
Desde el 21 de octubre de 2025 hasta el 25 de enero de 2026
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid
Más información en www.museothyssen.org

