
Medianoche, 1891, Zornmuseet
Probablemente el artista sueco de mayor reconocimiento internacional junto con Hilma af Klint, Anders Zorn (1860-1920) llegó a gozar de inmensa fama en su época, siendo todavía hoy considerado uno de los máximos exponentes de ese modernismo luminista, elegante y virtuoso que entre los siglos XIX y XX también cultivaran con maestría Sargent, Sorolla y Boldini. Un estilo que Zorn practicó en sus exitosas pinturas y acuarelas, así como en esas tallas y aguafuertes que él denominaría ‘diversiones’, captando tanto la visión exótica y cosmopolita del mundo contemporáneo (y de ahí sus estancias y viajes por España, Argelia, Turquía, Italia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Rusia, México o Cuba), como la esencia de su remoto lugar de procedencia, una pequeña población de la Suecia interior. Precisamente la dualidad de esta contrastada mirada hacia el mundo real de su tiempo le aportaría aquella ‘mezcla entre caballero y campesino’ que lo definiese entre sus coetáneos.
No obstante, la primacía de las vanguardias en el relato historiográfico del siglo XX terminó relegando a un segundo plano el genio de, en palabras de la comisaria Casilda Ybarra Satrústegui, ‘uno de los creadores más fascinantes del arte moderno’, cuyo legado reivindica ahora la exposición Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra. Organizada por la Fundación Mapfre y la Hamburger Kunsthalle en colaboración con Zornmuseet de Mora y el Nationalmuseum de Estocolmo, la muestra cuenta con el asesoramiento científico de Johan Cederlund, director de Zornmuseet, y Carl-Johan Olsson, conservador de Pintura del siglo XIX del Nationalmuseum. Se trata, además, de la primera retrospectiva española dedicada a Anders Zorn, cuyo itinerario expositivo (articulado en siete ámbitos determinados por un doble criterio temático y cronológico) proporciona una completa panorámica de la trayectoria del artista a través de más de ciento treinta obras provenientes de algunas de las instituciones museísticas más importantes del mundo, desde las Gallerie degli Uffizi, la Alte Nationalgalerie de Berlín y la National Portrait Gallery de Washington, hasta el Museum of Fine Arts de Boston, el Museo Sorolla o el Museo Nacional del Prado, pasando por, lógicamente, la Casa Real de Suecia, el Göteborgs Konstmuseum y los citados Zornmuseet y Nationalmuseum.
Dalecarlia
La vida de Anders Zorn comenzó en el pueblo de Mora, en la región sueca de Dalecarlia, donde creció en una modesta granja, criado por su madre y, principalmente mientras ella trabajaba, sus abuelos. Su padre, Leonard Zorn, fue un maestro cervecero alemán a quien su madre conoció en la cervecería Von-Düben de Uppsala y con quien el pintor nunca tendría trato. A lo largo de su vida y a pesar del éxito alcanzado lejos de su tierra natal, Zorn demostró no olvidar nunca sus orígenes, contribuyendo a la pervivencia del patrimonio inmaterial de la Suecia campesina a través de sus pinturas costumbristas. En sintonía con el despertar del sentimiento nacionalista que había suscitado el espíritu romántico decimonónico, el artista favoreció la construcción de la identidad sueca a través de la reproducción (si bien mediante un innovador estilo pictórico de corte internacional) de los paisajes, costumbres populares, trajes regionales y producción local dalecarliana, justo en un momento en que la progresiva industrialización provocaba cambios radicales en la estructura social del país.
Sin embargo, el compromiso del pintor no se limitó a la visualización plástica de una cultura amenazada, sino que también creó su propia colección de tejidos y artesanía tradicional, organizó festivales musicales y de bailes regionales y promovió la creación del museo al aire libre de Gammelgård, ‘vieja granja’ a un kilómetro del actual Zornmuseet, donde el artista reunió la mejor colección histórica de casas de madera, incluyendo la más antigua del país, datada en 1237. Su propia residencia, que él mismo diseñó a su regreso a Mora en 1896, establecía un diálogo con la rusticidad del trabajo de carpintería y combinaba la tradición vikinga con el diseño inglés. Se trataba, por consiguiente, de un conjunto sencillo y campestre, pero a la vez elegante y solemne, que contaba con todo tipo de comodidades (refrigerador, calefacción central, agua corriente caliente y fría, y hasta un aspirador) y cuya decoración interior reunía artículos de artesanía dalecarliana, obras de arte de Zorn y otros grandes autores, así como piezas de gran exquisitez adquiridas en el extranjero (tapices o platería, por ejemplo). En el jardín de arbustos y frutales, que contaba con una fuente en bronce diseñada por el pintor, se hallaba su propio estudio, ubicado en una casa de madera fechada a finales del siglo XIII.
De Estocolmo a Londres
Anders Zorn manifestó excelentes cualidades artísticas desde su infancia, una aptitud que con el tiempo le llevaría a sobresalir en la práctica de, además de la pintura y la acuarela, el dibujo, la escultura y el grabado. Su factura siempre se caracterizaría por una gran soltura y espontaneidad en la aplicación de la pincelada, confiriendo una potente capacidad expresiva a sus creaciones que, como es habitual, no siempre fueron bien recibidas por la crítica conservadora. A los quince años Zorn se matriculó en la Real Academia de Bellas Artes de Estocolmo, donde se reveló tempranamente como un diestro acuarelista. En efecto, la acuarela sobre papel titulada De luto (1880), estos días exhibida en la muestra de Mapfre, le valió su primer gran triunfo en la exposición anual de la Academia y, por consiguiente, sus primeros encargos de retratosy sus primeros ingresos. Gracias a ellos, Zorn abandonaría la enseñanza oficial un año más tarde pues, no dispuesto a sentirse controlado, allí ‘siempre fui un adversario’, declararía el artista (vid. The Century Illustrated Monthly Magazine, vol. 46, 1893, pág. 583).
A partir de entonces Zorn demostró una notable capacidad de estudio y aprendizaje durante sus numerosos viajes. Tras una estancia de seis meses en España, en 1882 el autor comenzó su profesión como acuarelista en Londres, donde las aguas del Támesis y los fenómenos atmosféricos causados por la lluvia y la niebla supusieron una inagotable fuente de inspiración. En esta época cultivaría, además, un tipo de estudio botánico de carácter excepcional por no repetirse nunca más a lo largo de su carrera. Véase a este respecto la acuarela de Zornmuseet, Lirios blancos, de 1887, llevada a cabo probablemente en relación con Ninfa del amor (raro ejemplo de obra mitológica en su producción) y para la cual Zorn realizó varios estudios ambientados en Kew Gardens.
Acuarelas, óleos y grabados
En cualquier caso, la estancia en Londres implicaría un cambio de rumbo en la creación del sueco, que desde entonces solo atenderá a la representación de la vida cotidiana y a la plasmación de sus efectos cromático-lumínicos sin ningún tipo de artificio. Sus escenas de género y costumbres o sus desnudos femeninos obtendrán un gran éxito, aunque Zorn saltará especialmente a la fama como gran retratista, estatus que en 1885 afianza su matrimonio con Emma Lamm, perteneciente a una importante familia holmiense de origen hebreo. Se amplía así su lista de clientes, entre los cuales se incluirán, por ejemplo, el poderoso banquero Ernest Cassel. Será igualmente a finales de aquella década, durante una estancia en St Ives en 1887, cuando Zorn entre en contacto con la colonia de artistas establecida en dicha localidad inglesa, comenzando entonces a trabajar la pintura al óleo que, en un primer momento, alternará con la acuarela. Reunidas estas condiciones, el triunfo de Anders Zorn en París se da por de contado, hasta el punto de que su primer óleo, expuesto en el Salón de 1888 con el título de Un pescador, fue inmediatamente adquirido por el Gobierno francés y hoy forma parte de las colecciones del Musée d’Orsay.
Aún en Londres, el también sueco Axel Herman Haig iniciaría a Anders Zorn en el arte del grabado, llegando enseguida este a dominar dicha técnica con la ‘mágica fascinación y fuerza esencial’ de un Rembrandt (no en vano se ha valorado su aportación como segunda en importancia tras la del maestro holandés, algunas de cuyas estampas, por cierto, formaban parte de la colección personal de Zorn). En efecto, el artista contribuyó al desarrollo del aguafuerte decimonónico con un acentuado claroscuro de herencia rembrandtiana que contrapone masas de luz y sombra al modo impresionista, así como con una expresiva simplificación compositiva y volumétrica a base de líneas paralelas y contornos poco definidos que favorecen la captación de la luz y el movimiento. De modo que, si bien como pintor Zorn podía compararse a un Sargent o a un Liebermann, en cuanto grabador ningún coetáneo era capaz de hacerle frente (vid. Anders Zorn. 101 Etchings, 2018). Así lo evidencian sus casi trescientos aguafuertes realizados durante treinta y siete años de carrera, una cifra justamente similar a la producida por Rembrandt. No es preciso insistir en el gran éxito alcanzado por estas creaciones que trasponían al grabado los mismos temas de las pinturas del sueco: retratos, desnudos femeninos y folklore local.
España
Al igual que el danés PederSeverin Kröyer, el noruego Fritz Thaulow o el español Joaquín Sorolla, Zorn cultivó el luminismo y, en mayor o menor medida a lo largo de su carrera, se dejó influir por la técnica pictórica de Diego de Velázquez. Cabe recordar que Zorn viajó a España por primera vez en compañía del también pintor Ernst Josephson a mediados de septiembre de 1881, pasando dos semanas en Madrid y varios meses (hasta febrero de 1882) en Cádiz y Sevilla. No obstante, las visitas a nuestro país se repetirían hasta en nueve ocasiones (la última en 1914), demostrando tanto el interés de Zorn por la cultura española y sus grandes maestros (según escribió a su mujer, la estancia de 1900 fue debida a su ‘añoranza de Velázquez’), como la estrecha relación que lo ligaba a otros autores de la talla de Ramón Casas o Joaquín Sorolla, al que conocerá en París en 1906 y quien, a su vez, diría de Zorn:
Parece que dibuja de dentro a afuera; que no busca nunca el contorno o silueta, y, desde luego, puede afirmarse que jamás hace nada fragmentado; no inventa; todo, como nuestro gran Velázquez en sus Meninas, lo tiene junto y lo pinta a la vez (Sorolla-Zorn, Museo Sorolla, 1992).
Como es lógico, la moda del exotismo hispano (que en Suecia había difundido principalmente Egron Lundgren) atrajo inicialmente la atención de Anders Zorn hacia España y, en particular, hacia la representación estereotipada de sus mujeres, tan en boga en la Europa de aquellos años. Él mismo escribiría: ‘Aquí hace calor y sol, las chicas son guapas y los mendigos, pintorescos. Un auténtico paraíso para los pintores’. Pero la producción del sueco también incluiría paisajes y vistas monumentales, como demuestra en la exposición otra acuarela sobre papel, Vista de la Alhambra, de 1897. El virtuosismo del pintor y su capacidad para plasmar ese gusto por la anécdota tan propio del arte orientalista garantizaría el aplauso recibido por sus creaciones. Más adelante, empero, la visión romántica dejará paso al retrato de las personalidades más destacadas del Madrid finisecular (véase a este respecto otra acuarela sobre papel de 1884, aquella en la que Zorn retrata a Cristina Morphy, quien fuera hija de la discípula de Liszt, Cristina Hagyi, y del crítico musical, preceptor y secretario de Alfonso XII, Guillermo Morphy).
Francia y América: Zorn retratista
En 1888 Anders Zorn se estableció en París, descollando en el panorama artístico de la por entonces capital del arte gracias a su participación en los certámenes internacionales de la época (que le valdrán la medalla de oro y la Legión de Honor en la Exposición Universal de 1889, así como el Grand Prix en la de 1900). Los ecos de su triunfo trascendieron las fronteras del viejo continente hasta dejarse sentir en los Estados Unidos de América, que pronto acogerán al sueco como a uno de los retratistas de moda entre la clase empresarial y política. Retratos como el del actor Coquelin Cadet patentizan una estética de factura desinhibida que se acusó de improvisada por su excesivo abocetamiento y donde la captación psicológica de la personalidaddel modelo nace de su interacción con el entorno de su vida privada o actividad profesional (peculiaridad que se volverá recurrente en la retratística de Zorn).
Por otra parte, durante su etapa parisina el pintor también dirigirá su mirada hacia esos momentos cotidianos de la vida contemporánea, como los que a diario debe dedicar al transporte urbano la población de la gran ciudad (véase el óleo de hacia 1900, Ómnibus I, que le valdría el calificativo de ‘revolucionario’). Estos cuadros alcanzaron una gran aceptación entre los coleccionistas extranjeros, quienes abrirían a Anders Zorn las puertas de sus residencias. Es el caso, por ejemplo, de Isabella Stewart Gardner, también amiga de Sargent o Whistler y que en 1894 hospedó al pintor y a su esposa en su palacio veneciano. Por otra parte, de 1899 data el retrato de Grover Cleveland, quien ostentase dos mandatos presidenciales en Estados Unidos. Anders Zorn, que viajó al país americano en siete ocasiones, retrató a otros dos presidentes del país (Theodore Roosevelt y William Howard Taft) y contó entre su selecta clientela con la propia familia Vanderbilt, la que en su día fuera una de las más adineradas del planeta. El renombre del artista tampoco pasaría desapercibido en país de origen y la propia Casa real de Suecia le encomendó retratos como el de Oscar II, expuesto estos días en la Sala Recoletos. Un comentario aparte merecen los retratos que Zorn realizara de sus propios colegas y amigos, entre otros, Max Liebermann y Joaquín Sorolla, en los que se advierte la cualidad adicional que les otorgan su marcada afinidad e íntima compenetración.
Mora
En 1896 Zorn, que nunca había dejado de visitar anualmente su país, regresó de manera definitiva a Mora, donde residiría hasta el final de sus días en 1920. A este respecto, otra de las grandes aportaciones que estrecha los lazos del pintor con su lugar de procedencia es la representación del desnudo femenino en la naturaleza, despojado del decoroso velo que su travestismo mitológico o alegórico le había conferido hasta entonces ante la moral pública. Así lo hace ostensible La primera vez (Con mamá), de 1895, donde la representación de la figura humana desvestida y disfrutando del efecto benéfico del agua resulta indisociable del ideal de su desarrollo armónico en un entorno natural saludable y tonificante. Gracias a estas escenas íntimas y espontáneas de baño naturista y a su ruptura con la rígida tradición del posado en el taller y las imposiciones estéticas del Academicismo, Zorn pudo seguir explorado su interés por la reproducción plástica de los efectos lumínicos, acuáticos o atmosféricos, incorporando ahora el cuerpo desnudo de la mujer. A pesar de no estar exenta de crítica, esta serie reportó igualmente al artista un extraordinario éxito y críticos como Henri Focillon la relacionaron posteriormente con las Grandes Baigneuses de Renoir, expuestas en la Galería Geoges Petit en 1887. Precisamente Zorn habría realizado sus bañistas desde entonces y hasta 1900, aprovechando sus estancias estivales en la turística Dalarö, famosa localidad de veraneo de la alta sociedad sueca situada al sur de Estocolmo. Sin embargo, con la llegada del nuevo siglo el autor terminó trasladando buena parte de estos desnudos a espacios interiores, perdiendo así parte de su originalidad inicial.
Sea como fuere, Anders Zorn era con mucho el artista más representativo de la Suecia contemporánea y la muerte del llamado ‘Rubens escandinavo’ provocó una profunda conmoción en su país natal. Tal y como se afirmaba en el número de abril de 1901 del neoyorquino Literary Collector a propósito de una exposición de retratos en la Galería Durand-Ruel, su obra probaba (‘si es que una prueba fuera necesaria’) su consideración como uno de los más grandes pintores de la época, gracias ‘a la vigorosa pincelada y al atrevido uso del color’, que en cualquier otro habrían resultado ser fatales. En definitiva, su renombre como escultor y grabador hacían además de Anders Zorn ‘una interesante figura del mundo del arte’, de la que el crítico Klas Fåhræus enfatizase ‘la sorprendente solidez espiritual de su naturaleza’, pues,‘no había división entre su carácter y su arte, […] estaban sólidamente unidos’. Y es que, como también se dijera del autor, Zorn siempre sería:
Un campesino con brazos musculosos capaces de captar la cruda realidad.
Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra
Desde el 19 de febrero hasta el 17 de mayo de 2026
Fundación Mapfre, Sala Recoletos, Madrid
Más información en www.fundacionmapfre.org
Cita este artículo
‘Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra’, En Perspectiva. España de viaje: Arte y Turismo cultural, año VII, núm. 1 (febrero-mayo de 2026), www.en-perspectiva.es

