Hombre con silla y manzana.

El lienzo dentro del lienzo, un lienzo que no es sino impenetrable bastidor, un bastidor suspendido en su propio espacio representativo, un anverso que se vuelve simultáneamente reverso. Ved la superficie de la tela, su imagen se revela plenamente sustrayéndose a sí misma en su pura ingravidez: he aquí la alegoría del enigma.

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¿Es la realidad pictórica real? ¿Nuestra realidad sensorial se vuelve irreal? ¿O ciertamente existe la irrealidad?

Comienza la función, mas sin magia en este número. Aquí la fantasía no desborda nuestro entorno y lo real no sirve de trampolín a la imaginativa acrobacia, aquí no se despliegan mundos de fábula desde el puño de la camisa del artista, ni cubre este la realidad con la asombrosa chistera del ensueño revoloteador. Aquí la pintura, parca, austera, orgullosa, exenta de todo manierismo, se limita a humedecer, noble y soberbia, los pinceles que urden la trama de la vida. No en vano así se trenza la magia del misterio.

¿Se puede escuchar el silencio absoluto? ¿Levitamos las personas? ¿Es factible la atemporalidad de la acción? ¿Y una dimensión temporal al margen de toda esencia narrativa? Siempre, en el plano representacional. Pero, ¿y en nuestro mundo (ir)real? ¿Hace el prestidigitador elevarse nuestros cuerpos en el espacio? ¿Se trata de ilusión o realidad?

En todo caso, de la ilusión del extrañamiento ante nuestra propia realidad, una realidad que no reconocemos, y no porque se nos oculte, sino, tal vez, porque no hemos sabido detenernos a contemplarla. Miremos con detenimiento, como el ojo del artista a través de una ficticia oquedad en el lienzo embadurnado de oscuro pigmento, y escudriñemos el universo entero: mujeres y hombres de riguroso blanco en la hierática negritud de la noche, cuerpos desnudos inmersos en la diáfana infinitud del heroico vacío, jóvenes absortos en la contemplación del mismo sueño del que forman parte. Ese universo, sobrio, profundo, ascético, es el silencioso universo de la encrucijada, una encrucijada de (ir)realidad ante la que nos emplaza Juan Manuel Rodríguez en su búsqueda de respuestas al incontestable dilema de la autenticidad de la existencia.

Sumergiéndose en la tradición pictórica española del realismo de lo irreal, adentrándose en sus atmósferas monocromas de iluminación trascendente, con sus éxtasis místicos o retratos a la divina, y entre vanitasmementos y bodegones de lo sobrenatural, Juan Manuel Rodríguez crea un repertorio de imágenes de lo contemporáneo, donde lo biográfico se confunde con lo universal y la instantaneidad del momento representado desvela una acción contemplativa y un hondo sentido del transcurso del tiempo, a menudo inadvertidos en el frenético discurrir de las vicisitudes humanas. 

Las personas retratadas, intrépidos equilibristas que afrontan el desafío de la vida, interactúan con su entorno inestablemente asentados en la nada de un fondo pictórico eternamente neutro. ¿Mas no son igualmente inconstantes nuestros pasos en el insondable cosmos? ¿Acaso no sentimos la temporalidad de nuestro aislamiento, nuestra soledad e incomunicación, como el tiempo susurrado por un reloj de péndulo entre las desnudas paredes de un caserón deshabitado? Esas acciones suspendidas que se prolongan en el tiempo, esos tiempos vaporosos en los que se desarrolla cada acción, son en suma las acciones y los tiempos de este realismo de la irrealidad de lo real: un realismo que no es mágico porque, en esta función, la magia del artista no refleja sino el misterio de nuestra propia realidad.

EN PERSPECTIVA: ¿Cuándo se revela el artista que existe en Juan Manuel Rodríguez?

JUAN MANUEL RODRÍGUEZ: Cada día, 24/7. Ser artista, ser pintor, es algo que va ligado a mi identidad, no es un uniforme que te pones cuando entras en el estudio y te quitas cuando sales de él. Hay algo que me gusta contar y es que siempre estoy pintando incluso cuando no lo hago. Lo que trato de decir con esto es que mi mirada es la de un pintor, siempre estoy analizando el mundo que me rodea y haciéndome constantemente la misma pregunta: ¿Cómo se vería esto en una pintura? 

Soy una persona muy dispersa, pero a la vez enérgica, voraz e incansable, y desarrollo mi práctica artística fiel al medio que, después de tantos años, me sigue fascinando y cautivando: la pintura. 

E-P: ¿Qué significado tiene para usted el Arte y, en particular, la Pintura?

J. M. R.: Para mí, el arte es una forma de mirar, entender y cuestionar la realidad y la pintura el medio que uso para ello. 

Lo bonito de la pintura es que es un juego que nunca acaba, cuanto más sabes, más consciente eres de que menos sabes. La pintura, para mí, siempre ha estado ligada al estudio, al aprendizaje, a la experimentación, al no saber cómo resolver tal o cual cosa, al cómo representar qué y cómo se vería eso en una pintura. Al principio vivía en una casa pequeña, la hice mi estudio y ahí era feliz, pintando, probando cosas, equivocándome; he disfrutado mucho de ese aprendizaje del camino y creo que salieron cosas interesantes de todo eso. Después pasa el tiempo y te das cuenta de que perseguir hacer buenas pinturas todos los días es muy complicado, porque para que eso ocurra debe de salir de dentro, de una emoción, y vivir siempre con las emociones puede llegar a destrozarte en un determinado momento, no se puede vivir a flor de piel todo el rato. Así que hace un tiempo decidí trabajar desde otro lugar que es la dispersión. En vez de quedarme encerrado, cosa que llegó a sentarme mal, bajo al estudio, hago algo y, si de repente no se me ocurre nada o hay algo que no sale, pues lo dejo, o si tengo que salir a hacer un recado, pues salgo, y lo mismo cuando llego, miro lo que estaba haciendo y lo retomo, dejo que las cosas surjan casi solas. 

E-P: ¿Con qué gran maestro de la historia se identifica? ¿Hacia qué personalidades artísticas siente especial admiración?

J. M. R.: Me identifico con la tradición pictórica española

Me explico. El arte nació como una necesidad de hacer algo con respecto a la forma en que miramos el mundo; después, cuando empezó a buscar un lenguaje llamativo, agradable o decorativo más que un contenido interesante, se corrompió; pero el arte español, el bueno, era algo hondo y verdaderoun desahogo del espíritu. Esta manera de situarse, de entender el arte, es lo que admiro. Mi pretensión es hacer arte desde ese lugar. ¿Qué personalidades puedo nombrar?, pues ahí tenemos a Zurbarán, Sánchez Cotán, Velázquez, Goya. También hay artistas más cercanos a mi tiempo que me interesan, podría nombrar a muchos, pero he de decir que los artistas que más me interesan son aquellos que trabajan desde los márgenes, que no están metidos en modas, ni en corrientes, sino que están absortos en el compromiso con su pintura. Por ejemplo, me vienen a la cabeza Philip Guston o Arikha, dos artistas que llegaron a la fama por su obra abstracta, que era lo que dominaba su tiempo. Sin embargo, el compromiso que habían adquirido les hizo abandonar ese lenguaje, cambiaron de registro y comenzaron a hacer la pintura figurativa que curiosamente es por la que hoy les reconocemos.

E-P: En lo concerniente a su trabajo, composiciones como Nube y manzanas o El atributo hacen pensar en el Surrealismo y, particularmente, en René Magritte. Al mismo tiempo, la realidad se plasma tan nítidamente en sus obras que la adscripción a una corriente hiperrealista de pintura se vuelve inevitable. ¿Cómo definiría Juan Manuel Rodríguez su propia obra? ¿En qué lugar se situaría a sí mismo?

J. M. R.: Es una pregunta que no sé contestar muy bien porque no sabría donde situarme. Eso sí, sé perfectamente donde no se sitúa mi pintura y es en el hiperrealismo, esta fue una corriente que se dio en un momento determinado como reacción al expresionismo abstracto en la que algunos artistas quisieron volver a lo figurativo, pero con una influencia clara de la fotografía, copiándola con una precisión extrema. No es esto lo que yo pretendo y aunque use la fotografía, lo hago como un medio para hacer una pintura, no como un fin. En todo caso, mi pintura podría ser naturalista, pero nunca hiperrealista, no intento ni pretendo ocultar lo pictórico en mi trabajo.

Hay una entrevista que le hacen a Dalí en la que habla de este asunto y decía algo así: ‘Si Velázquez copia una fotografía, le saldrá un Velázquez; en cambio, si un tonto copia una fotografía le saldrá una tontería, la personalidad no se puede eludir…’. Pues eso…

E-P: Figuras flotantes, fondos neutros, espacios indefinidos, encuadres insólitos y cuerpos fragmentados… ¿Qué hay más allá de esos personajes, objetos y lugares?

J. M. R.: La base de mi trabajo gira en torno a lo que está pero no se ve. A veces, hago como una especie de juego con el espectador: cuando pinto un fragmento, por ejemplo, este tiene el poder de la concentración, fomenta la imaginación del que mira y le hace entender que lo que está viendo es una parte de una imagen que quizás podría ser mayor. Por medio de este recurso tan cinematográfico, el campo-fuera de campo, se produce esa espera tensa de lo que está por suceder y esto hace que la imagen se expanda.

Después, en cuanto a la escenografía, me interesa el cuestionamiento de la realidad desde la ficción. Mi postura es casi una cuestión acerca de lo que la verdad puede ser, en la verdad también está la mentira. Lo que quiero decir es que he aceptado que no puedo usar la pintura como un medio que traduzca la realidad objetiva, porque toda realidad es relativa, por eso en mi trabajo existe esa tensión entre lo ilusorio y lo real. De ahí viene mi deseo de transformar la realidad, de alterarla, de crear a veces un escenario o una especie de representación teatral donde realidad y ficción se unen con el fin de plantear un conjunto de obras que se unifican desde la discordancia de léxicos y códigos visuales.

E-P: Todas estas presencias implican claras ausencias. Su representación genera una sensación de aislamiento acentuada por la simplificación formal y la desnudez ornamental. ¿Cuál es la función del vacío en su pintura?

J. M. R.: He apuntado antes mi interés por la austeridad, el gusto por el enigma y el misterio que son propios de la tradición pictórica española, así que el vacío en mi obra bebe directamente de esa influencia.

En mi trabajo, quiero creer, el vacío es un elemento activo de la obra que eleva lo representado a una categoría superior, mística o religiosa si me apuras. Ese vacío o distancia entre los elementos del cuadro otorgan dignidad a la materia, a lo representado, y crea un ritmo pausado que me permite indagar en la representación de lo invisible y, al mismo tiempo, conecta con la sensibilidad contemporánea

E-P: Un elemento recurrente en sus trabajos es la silla. Una simple silla para sentarse, rústica y sin ninguna sofisticación en un entorno vacío asociada a figuras en posiciones inverosímiles, véase Hombre con silla y manzana. ¿Cómo interpretar este motivo? 

J. M. R.: Cuando pinté este cuadro estaba muy obsesionado con el mito de Sísifo. Este personaje o, mejor dicho, este antihéroe, como sabemos, es símbolo del absurdo de la condición humana. Recordemos, él fue condenado a empujar hasta lo alto de una montaña una bola de piedra que debía dejar caer para luego volverla a subir, y así una y otra vez, constantemente durante toda la eternidad. Ese esfuerzo inútil y absurdo tiene su paralelismo en la práctica artística. El absurdo rompe con la lógica y se apoya en lo irracional, al igual que la pintura. No hay nada épico en hacer arte, está fuera de toda lógica, ya que te obliga a realizar acciones que requieren un gran esfuerzo y con las que se obtienen pocos resultados. Este hombre, cargando una silla, que en realidad es un bodegón, podría ser ese antihéroe realizando un acto extraño y absurdo donde el fracaso está presente como una posibilidad, ya que debe de sostener una silla con una manzana que puede caer en cualquier momento. 

E-P: Entre otros géneros, Juan Manuel Rodríguez cultiva el de la naturaleza muerta. Tanto Pintura doméstica de verano o Flores y mosca, de 2025, proporcionan dos buenos y muy distintos ejemplos de un género pictórico tradicionalmente portador de connotaciones simbólicas. ¿Existe un significado latente en esas y otras obras como Cardos borriqueros? ¿Se detiene el tiempo en sus representaciones? ¿Qué valor tiene el silencio?

J. M. R.: En estas pinturas podría estar el tiempo detenido, o muchos tiempos, ya que muchas de ellas han sido realizadas desde la observación directa del motivo. Cardos borriqueros, por ejemplo, es una pintura hecha a través de la fotografía de un cuadro fallidoque pinté del natural, es una pintura que habla de pintura, en ella hay un gran periodo de tiempo contenido, ya que pasaron años desde el cuadro original hecho del natural hasta este otro.

Me interesa mucho el género del bodegón, pero no como pintura descriptiva sino, como he mencionado antes, en cuanto pintura que trata de pintura. Para hablar de ella, el bodegón se sirve de una agrupación de objetos a fin de dialogar sobre sus delimitaciones, el espacio, el tiempo, el silencio… Por ponerte un ejemplo, en el brillo de una manzana puede estar contenido el universo o nada, según cómo se mire y la intensidad con que se haga. 

E-P: ¿Y las nubes? En general su representación encuentra claros antecedentes en el siglo XIX. Pero en ese tiempo eran mayormente objeto de esbozos, bosquejos, apuntes, ensayos… ¿Qué significan en cambio estas nubes para Juan Manuel Rodríguez? Y, aún más, en otras pinturas aparecen asociadas a ojos o manzanas… ¿un nuevo guiño a Magritte? 

J. M. R.: Esta serie de cuadros formaron parte de mi última muestra individual en París, en Perspective Galerie. Cuando me plantearon esta exposición llevaba tiempo con la idea de hacer una pintura de una dimensión más conceptual, utilizando la estructura del paisaje, pero sin intención de ser paisaje y sin esconder la superficie pintada. Es entonces cuando empecé a indagar y empecé a descubrir como representaron el cielo artistas del pasado, Constable, Turner, Courbet, Goya… ellos tomaban apuntes del naturaly luego en el estudio reproducían ese tiempo de contemplación en una nueva pintura pintada desde la memoria. Siempre quise imaginar el mundo desde ahí, desde la memoria, no confiar tanto en lo que percibe la mirada. Así que empecé a pintar nubes y, contrariamente a lo que podría suponerse, no fueron realizadas partiendo de la observación directa, sino que fueron imaginadas por completo. Después, como siempre que empiezo un proyecto, a partir de esas exploraciones surgieron derivas y estas me llevaron a hacer guiños a la obra de Magritte o Zurbarán

E-P: Resulta evidente que le fascina la magia, la hipnosis, la prestidigitación… ¿de dónde viene esta afición? ¿Es el universo pictórico de Juan Manuel Rodríguez un universo mágico y un mago su autor?

J. M. R.: La pintura realista es una ilusión en sí misma, trata de convencer al espectador de que existen tres dimensiones cuando lo que realmente está viendo es una imagen pintada en un plano, en una superficie. La prestidigitación hace lo mismo, el cerebro es una fábrica de ilusiones y la magia aprovecha fisuras que encuentra en la interpretación de la realidad para producir efectos sorprendentes que contradicen los hechos naturales. Jugar con la realidad y la apariencia está implícito en la creación del pintor. Más que sentirme un mago, he utilizado este paralelismo en mi pintura para cuestionar mi propia práctica

E-P: ¿Cuál es su método creativo? ¿Dónde encuentra inspiración y cómo termina materializándose la idea en la obra final?

J. M. R.: Podría decir que, en mi universo, los elementos, conceptos e ideas no se relacionan de una forma lineal, las líneas que separan unos temas de otros suelen ser difusas. En realidad, no hago otra cosa que filtrar los estímulos que me llegan del exterior a través de la observación, así que suelo estar atento y mantenerme con los ojos bien abiertos, indagando en mis campos de interés y en las cosas cotidianas, para luego representar, a través de los pinceles, todo lo que transita por mi cabeza. Mi pintura ha de ser entendida como un desarrollo de ideas que tienden hacía el eclecticismo. De hecho, en muchas ocasiones mi pintura es procesal, el hecho de pintar prima sobre lo que pinto.

Luego hablas de la inspiración y creo que es un constructo de la historia del arte, es decir creencias y estereotipos que afectan el relato artístico: el artista como genio tocado por una inspiración casi divina, el aura de la obra de arte, etc., cosas de las que yo quiero alejarme. 

E-P:  Al margen de la pintura y hablando de cine, por sus publicaciones en redes sociales se diría que tiene ‘fijación’ con El Resplandor

J. M. R.: Me interesa mucho el cine y Stanley Kubrick es uno de mis directores fetiche o por el que siento una especial ‘fijación’, tal y como apuntas. Más allá de su indudable genio, pensemos que Kubrick exploró prácticamente todos los géneros del cine: ciencia ficción, con Odisea en el espaciocine de época, con Barry Lyndonterror, con El Resplandor… Lo que me interesa es su capacidad para crear estructuras visuales con un control absoluto, la forma en la que construye realidades meticulosas que terminan revelando la naturaleza humana en su forma más cruda, como por ejemplo hizo Velázquez en Las meninas. Él no filma historias, sino mecanismos de comportamiento. Siente una fascinación por los rostros que transmiten amenaza, pérdida de control o que poseen una carga psicológica importante y esto hace que el espectador se vea atrapado. Con mi pintura intento algo parecido, tengo la pretensión de que mis cuadros actúen como dispositivos que atrapen la mirada mediante la dicotomía entre precisión formal y caos

E-P: ¿En qué nuevo título trabaja? ¿Alguna próxima exposición o proyecto?J. M. R.: Actualmente estoy trabajando en mi próxima exposición individualEl extraño orden de las cosas. Tendrá lugar en noviembre en la Galería Marisa Marimón, en Galicia.

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