Gerard Willem van Loon, bailarín, 1932.

Durante los próximos meses, primero en Madrid y posteriormente en Barcelona, la Fundación Mapfre ofrece la oportunidad de descubrir la obra de la fotógrafa alemana Ilse Bing, una de las pioneras del arte fotográfico realizado por mujeres, cuyo nombre se suma a los de Germaine Krull, Florence Henri, Laure Albin-Guillot, Madame d’Ora, Berenice Abbott, Nora Dumas y Gisèle Freund entre los de aquellas creadoras que consiguieron abrirse paso en el mundo de la fotografía del siglo XX. Concretamente, la muestra reúne 190 imágenes que compendian la entera trayectoria de Bing desde 1929 hasta finales de la década de 1950, un conjunto procedente de muy diversas colecciones europeas y norteamericanas como el MOMA, el Metropolitan, el Whitney y el International Center of Photography de Nueva York, el Art Institute de Chicago, el Victoria & Albert Museum de Londres, el Musée Carnavalet, la BNF y el Centre Pompidou de París, la National Gallery of Art de Washington y, en nuestro país, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid.

A lo largo de su carrera Ilse Bing asimiló las tendencias artísticas imperantes en cada momento sin adscribirse claramente a ninguna. De hecho, es posible afirmar que Bing, en palabras del comisario de la exposición Juan Vicente Aliaga, ‘escapa a cualquier norma estricta u ortodoxia visual’, brindándonos en consecuencia, ‘una mirada y una concepción de la fotografía harto singulares en las que modernidad e innovación formal van de la mano de un talante humanista en el que anida una conciencia social’.

Fráncfort

La obra de Bing, que con catorce años empezó a realizar fotografías –entre ellas su primer autorretrato–, ha quedado marcada por tres grandes ciudades: Fráncfort, donde nació el 23 de marzo de 1899; París, la ciudad en que durante los años treinta Bing se dedica al fotoperiodismo y continúa forjando un estilo propio; y Nueva York, lugar de acogida de la fotógrafa y su esposo, el pianista Konrad Wolff, cuando en 1941 ambos se exilian en los Estados Unidos huyendo de la amenaza nazi y tras haber sido internados en sendos campos de concentración en la Francia ocupada. Precisamente Bing había nacido en el seno de una familia judía acomodada y, de formación autodidacta en el medio fotográfico –su vocación definitiva despertó realizando las fotografías con que pretendía ilustrar su tesis sobre el arquitecto neoclásico Friedrich Gilly–, se vio influida en el contexto alemán por Das Neue Sehen de Moholy-Nagy –una ‘Nueva Visión’ que independizaba la fotografía de la pintura y la asociaba a la arquitectura– y por la Bauhaus de la República de Weimar –donde ejercía la docencia su amigo y colaborador el arquitecto holandés Mart Stam que, en calidad de arquitecto jefe, favoreció la repercusión del constructivismo de El Lissitzky en la renovadora transformación urbanística que experimentaba Fráncfort desde 1910–. Por todas estas razones, Bing, que en 1920 había iniciado Matemáticas y Física para optar por Historia del Arte dos años después, se dedicaría finalmente a la fotografía durante tres décadas desde que en 1929 abandonase sus estudios doctorales y comprara su cámara Leica, dejando que su arte trasluciese la pureza formal de muchas de las nuevas conquistas estéticas mediante imágenes abstractas, claroscuros, primeros planos, picados y contrapicados, fotomontajes o sobreimpresiones. Estas características técnicas se correspondían con una temática que, aparte de la búsqueda de juegos visuales de carácter espacial y lineal en el entorno, bien podía reflejar la realidad social de un país –como el trabajo de unos obreros–, o la de una geografía urbana desapercibida –basada en la reproducción de objetos insignificantes unidos aleatoriamente, como se aprecia en Hoja muerta y billete de tranvía en la acera, Fráncfort (1929)–.

París 

En París, centro artístico de relevancia internacional, Ilse Bing conoció de primera mano la obra de, entre otros, Brassaï, Kértesz, Germaine Krull, Florence Henri, Laure Albin-Guillot, Eli Lotar, Berenice Abbott, Madame d´Ora, Dora Maar y Man Ray, llegando a colaborar con importantes artistas como Elsa Schiaparelli, algunos de cuyos perfumes fotografió en 1934. Por otro lado, aparte de las revistas alemanas, Ilse Bing recibió encargos de Vu, Voilà, Marianne, Regards, L’Art Vivant, Arts et Métiers Graphiques o Urbanisme. El extrañamiento y aire de misterio que los seguidores de Breton pretendían captar en los objetos cotidianos coincidía plenamente con el temprano interés que Bing había demostrado por la fotografía de naturalezas muertas y que, en este momento, parecen transmitir cierta sensación de ensueño y melancolía. Justamente en noviembre de 1933, una colaboración con Haper’s Bazaar –por intermediación de su amiga Daisy Fellowes, editora de la versión francesa de la revista–, le posibilitaría inmortalizar objetos de moda como si de fetiches surrealistas se tratara, captando la calidad de las texturas y acentuando la sensualidad de guantes o sombreros.

También a esta etapa corresponde la imagen titulada Cartel de Greta Garbo, París (1932) que expresa la acción del paso del tiempo y la degradación social que lo acompaña, personificadas en un cartel desgarrado de la famosa actriz sueca. Su preocupación por las condiciones de vida de la población más desfavorecida se manifiesta en su serie sobre los comedores de beneficencia o en imágenes como Pobreza en París (1931). No obstante, otras instantáneas de esta época continúan reflejando su interés por la experimentación compositiva, véanse sus Botellas de champán Pommery (1933), fruto de un encargo centrado en la producción de champán en Reims, así como su serie sobre la Torre Eiffel, motivo que nuevamente asocia a Bing con László Moholy-Nagy, quien ya la había fotografiado en 1925.

En cualquier caso, más allá del formalismo constructivo o de la inquietud generada por las insospechadas asociaciones de objetos surrealistas, las fotografías tomadas por Ilse Bing en la capital francesa denotan su interés por la captación de la expresividad del movimiento, como demuestran tanto sus instantáneas de las bailarinas de cancán del Moulin Rouge –inicialmente un encargo para fotografiar su museo de cera que originó una serie incluida por Emmanuel Sougez en la revista L´Art Vivant–, como las del ballet L’Errante, dirigido por el coreógrafo George Balanchine y que, con decorado y libreto del pintor ruso Pável Chelishchev, fue representado en 1933 por la compañía Les Ballets en el Théâtre des Champs-Élysées de París. En esta exploración del arte de la danza –ya iniciada en Alemania en la escuela de baile expresionista de Rudolf von Laban– Bing plasma el dinamismo y plena gestualidad de los cuerpos girando y saltando en el aire, a veces presentados en contrapicado, como es el caso de Gerard Willem van Loon, bailarín (1932), retrato del hijo de su amigo el escritor Hendrik Willem van Loon

Nueva York

Ilse Bing había entrado en contacto con Hendrik Willem van Loon ya en 1931, cuando este la invitó a visitar los Países Bajos y comenzó a introducir sus trabajos en Nueva York. Así, la obra de Bing fue seleccionada para participar en la muestra colectiva Modern European Photography: Twenty Photographers, celebrada al año siguiente en la neoyorquina Julien Levy Gallery –que por aquel entonces constituía un importante punto de encuentro de artistas de vanguardia–. Sin embargo, Ilse no visitaría la ciudad hasta 1936, cuando conoció a Alfred Stieglitz y expuso en la June Rhodes Gallery. Una vez exiliada, continuó allí su obra durante más de veinte años, aunque al cumplir los sesenta abandonó su trabajo como fotógrafa y se dedicó a la elaboración de collages, obras abstractas, dibujos e, incluso, a la composición de poemas, hasta su fallecimiento acaecido en Nueva York en 1998.

Las fotografías que Ilse Bing tomó en los Estados Unidos representaron nuevamente objetos cotidianos y arquitecturas. Los rascacielos, al igual que para muchos otros grandes fotógrafos, constituyeron una importante fuente de inspiración, aunque no por ello la autora dejó de reproducir el contraste que creaban con edificios más modestos –como sucede en Nueva York (1936)–, ni de interesarse por los más desfavorecidos. En lo concerniente a las naturalezas muertas, las imágenes de esta época sugieren una frialdad y distanciamiento que las alejan de las de su etapa parisina. Tal vez porque, como ella misma expresó, ‘las calles por las que camino no me integran como las de París; la arquitectura, con unas proporciones inhumanas, me hace sentir aislada, por así decirlo, viviendo en un vacío. Aquí veo las maravillas del mundo desde el interior de una cápsula espacial’. Con todo, también las fotografías que realiza las dos ocasiones en que regresa a la capital francesa tras la guerra, en 1947 y 1952, se ven imbuidas de una cierta sensación de alejamiento y desapego debido a la angustia vivida. Por otra parte, su estilo fue considerándose gradualmente pasado de moda, hecho que, unido a la gran cantidad de fotógrafos emigrados a los Estados Unidos a causa del conflicto bélico, la obligó a buscar nuevos medios de subsistencia, llevando a cabo retratos por encargo o, incluso, formándose como peluquera canina –pues como ella explicó lisa y llanamente, ‘necesitaba ganar dinero’–. Resulta curioso reseñar que esta ocupación llegaría a granjearle nuevos clientes, como el bailarín Mijaíl Baryshnikov, quien más tarde le compraría una colección completa de fotografías de danza. Durante estos años, la imagen de Ilse trasladándose a las casas de sus clientes con su propio perro Stacatto sentado en la cesta delantera de su bicicleta llegaría a ser muy popular.

Por último, cabe destacar que desde 1913 y a lo largo de toda su vida, Ilse Bing se retrató a sí misma como ejercicio tanto de experimentación como de introspección y testimonio de su propia existencia. Al igual que muchos otros autores, Ilse se fotografió con sus instrumentos de trabajo reivindicando su condición de artista –y en su caso, además, de mujer fotógrafa–, tal y como pone de relieve su famoso Autorretrato con Leica de 1931. La retratística infantil también adquirió un peso importante en su obra, así como la plasmación del medio natural, ya fueran los jardines de Versalles o las montañas de Colorado.

Ilse Bing
Fundación Mapfre. Sala Recoletos. Paseo de Recoletos, 23. Madrid
Del 23 de septiembre de 2022 al 8 de enero de 2023
Más información en: www.fundacionmapfre.org