Autorretrato (detalle), 1952. Fundación Juan March, Madrid.

Durante los próximos meses el Museo Nacional del Prado rinde tributo a Fernando Zóbel (Manila, 1924-Roma, 1984), uno de los artistas más destacados de la pintura hispana de la segunda mitad del siglo XX. Así, procedentes de colecciones españolas, filipinas y norteamericanas, la exposición temporal Zóbel. El futuro del pasado reúne 42 pinturas, 51 cuadernos de apuntes y 85 dibujos y trabajos sobre papel del autor nacido en Manila, proponiendo una novedosa aproximación a su legado artístico desde una doble perspectiva: la del proceso creativo del pintor que explora y reinterpreta la Historia del Arte en instituciones museísticas de todo el mundo —especialmente en el Prado, ‘santuario y fuente de inspiración’ para él según Mª Elizabeth ‘Mariles’ Gustilo, Senior Director for Arts and Culture de la Ayala Foundation— y la que analiza el papel desempeñado por el dibujo en el desarrollo de una original concepción de la modernidad influida por la tradición creativa del Lejano Oriente

Comisariada por Felipe Pereda, que ejerce como ‘Fernando Zóbel de Ayala Professor of Spanish Art’ en la Universidad de Harvard, y por Manuel Fontán del Junco, director de Museos y Exposiciones de la Fundación March, la muestra ha contado con la colaboración de la Comunidad de Madrid y con el apoyo de la Ayala Foundation (Manila) y la Fundación Juan March. El conjunto de las obras expuestas se estructura en cinco secciones y al final del recorrido se proyecta Memorias del instante. Los cuadernos de Zóbel, documental que incide en ese diálogo que el artista entabló con los grandes maestros de la pintura y que plasmó en casi doscientos cuadernos de apuntes.

‘Contemporaneidad’ del Museo del Prado

Con respecto a la polémica suscitada por la dedicación de una muestra temporal a un autor de la segunda mitad del pasado siglo en una entidad asociada con una producción artística anterior en el tiempo, defiende Miguel Falomir, director de la pinacoteca, que aunque este no sea un museo de arte actual, ‘lo que ni puede ni debe hacer es ignorar a aquellos artistas contemporáneos para los cuales el Prado, sus colecciones y lo que estas representan fueron importantes y de alguna manera determinaron su forma de pensar y concebir su arte’. De hecho, insiste Falomir, el Prado mantiene una relación mucho más ‘tímida’ con el arte contemporáneo que otras instituciones de su categoría cuyas colecciones remiten a periodos cronológicos similares, véase el caso de la National Gallery de Londres, el Louvre de París o el Kunsthistorisches de Viena, donde se incluyen exposiciones temporales de arte contemporáneo en su programación anual y donde se cuenta en plantilla con conservadores especializados en el arte de nuestra época.

Así, fue Zóbel un artista ‘que amó, que estudió, que coleccionó el arte del pasado y que como creo que se ve de forma muy elocuente en la exposición, esa reinterpretación, esa visión del pasado, constituyó una de las fuerzas motrices de su arte’, enfatiza Miguel Falomir, quien recuerda en particular que el pintor ‘mantuvo una relación muy estrecha con el Museo del Prado, un museo que visitó reiteradamente, donde pasó horas y horas dibujando, al que hizo donación de parte de su colección de dibujos antiguos [dibujos de maestros españoles datados entre los siglos XVI y XVIII] y por el que se preocupó hasta el punto de dirigir junto a otros artistas una carta al entonces director comentándole cómo podía mejorarlo’. En definitiva, sentencia Falomir, si no el Prado como museo de arte contemporáneo, esta muestra reivindica la ‘contemporaneidad del museo del Prado’. 

Transnacionalidad biográfica y cultural

Nacido en Manila en el seno de una familia española, Fernando Zóbel de Ayala y Montojo llegó a Boston en 1946, tras una larga enfermedad que lo había mantenido meses postrado en una cama ortopédica y cuando la capital filipina había quedado casi totalmente destruida a causa de la II Guerra Mundial. En EE.UU. estudió literatura, en particular la obra de Federico García Lorca, sobre quien escribiría su tesis de grado en la Universidad de Harvard en 1949 y del que ilustraría su Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, traducido por el propio Zóbel al inglés, como puede comprobarse en la exposición. Además, al mismo tiempo que se introducía en el estudio del dibujo antiguo en la Houghton Library de dicha universidad, el joven Fernando Zóbel se sintió fascinado por los artistas de vanguardia que el director de la Escuela de Arquitectura, Walter Gropius, había invitado a exponer en el campus: desde Joan Miró a Josef Albers, pasando por George Grosz o Richard Lippold. Tras su estancia en la Rhode Island School of Design (1954-55) y ya instalado en España desde finales de los años cincuenta, Zóbel fue al mismo tiempo pintor, estudioso, profesor, traductor, coleccionista y, entre otras iniciativas insólitas, fundador de dos museos: la Ateneo Art Gallery en Manila (1961) —primer museo de arte contemporáneo de Filipinas— y el Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca (1966) —primera colección pública de arte contemporáneo que pudo visitarse en España—. En efecto, para Manuel Fontán, después de la exposición antológica que el Museo Reina Sofía dedicó a Zóbel en 2003, la muestra del Prado presenta a ‘un hombre profundamente cosmopolita, un ciudadano del mundo abierto a todos los saberes y con muchas capacidades que, por cierto, generosamente repartió allí por donde fue’.

Actualmente, de acuerdo con Mª Elizabeth Gustilo, la actividad cultural del Ayala Museum asegura desde 1967 que ‘las enriquecedoras contribuciones de Fernando Zóbel al arte Filipino, a su conocimiento y a su crítica, así como la historia de la vida que vivió, su generosidad, perspicaces observaciones y amplias y visionarias perspectivas, no sean olvidadas’. En este sentido, según documenta la exposición del Museo Nacional del Prado, el descubrimiento del carácter ‘aditivo’ del arte filipino, síntesis de la tradición indígena, colonial y asiática —que el artista exploraría en obras como Philippine Religious Imagery (1963)—, resultaría fundamental en la forja de la naturaleza cosmopolita de la pintura de Zóbel; un carácter que resalta la pinacoteca madrileña en su pretensión de superar cualquier adscripción nacional o categorización de tipo geográfico. Y es que ante todo Zóbel se nos presenta como un artista cuya obra trasciende fronteras, del mismo modo que su itinerario biográfico se traza en función de sus viajes, a partir de una experiencia vital culturalmente determinada por tres continentes. Esta circunstancia explica los dos presupuestos básicos sobre los que se fundamenta la concepción artística de Zóbel: aprender a mirar y compartir el Arte enseñando a ver.

Conversaciones artísticas

Para uno de los comisarios, Manuel Fontán, la actual muestra del Museo del Prado —‘aventurada, valiente y arriesgada’ con la que la pinacoteca abandona su ‘zona de confort’— surge como gran respuesta a la pregunta de ‘¿Qué hace un artista como Zóbel en un museo como este?’, a lo que Fontán responde aseverando que ‘ningún artista de su generación mantuvo una conversación tan sistemática, tan estructurada, tan profunda, tan continuada, con dos tradiciones, la de Asia y la de la pintura occidental’. Son además conversaciones de las que Zóbel daba testimonio a través de sus cuadernos de viaje, ‘espina dorsal’ de la exposición y ‘especie de estudio portátil’ que el artista llevaba consigo para dibujar dondequiera que fuese —no hay que olvidar que esta pasión por el diseño sumada a un agudo sentido del humor hizo de Fernando Zóbel un gran caricaturista, temprano colaborador de revistas estudiantiles como el Harvard Alumni Bulletin The Advocate—. De los diálogos artísticos de Zóbel, Fontán destaca en la muestra los establecidos con Van der Hamen, Zurbarán y Lorenzo Lotto, sin olvidar la especial predilección que el artista sintió por Velázquez y, especialmente, por sus Hilanderas

Dichas conversaciones son asimismo las que originan por ‘sublimación’ la pintura abstracta de Fernando Zóbel, ‘lírica, espiritual y evanescente’, fruto de la búsqueda de lo que el pintor llegó a calificar como ‘belleza límpida’ en uno de sus cuadernos de clase sobre arte chino y japonés. De este modo, sus dibujos en los cuadernos le enseñaban a ver el arte del pasado como fuente reveladora de un arte del futuro, en el que la presencia de lo oriental —siempre alejado de cualquier exotismo— no se limitaba meramente a un plano teórico, sino que también se traslucía en el ámbito compositivo —véase su Serie negra, o pinturas gestuales de trazos negros sobre fondo blanco realizadas a finales de la década de 1950 en lienzos de gran formato, donde junto al Expresionismo abstracto se hace ostensible la impronta de la caligrafía asiática que Zóbel reivindicó como ‘forma de arte abstracto’—. A su vez, este concepto implicaría un proceso de cierta lentitud creativa, donde el dibujo parte del boceto o la fotografía para llegar a la pintura final pasando por el apunte, la anotación y la acuarela. 

Benjamin y Proust

Igualmente cabe resaltar el hecho de que sobre la personal exégesis pictórica de Zóbel siempre planea la noción de la ‘imagen dialéctica’ empleada por Walter Benjamin para referirse a la superposición de distintos fragmentos de tiempo que, sin embargo, nunca llegan a sintetizarse. Del mismo modo, tampoco debe pasarse por alto el carácter metafórico de la obra de Zóbel, quien en 1963 afirmara:

‘Acabo de terminar una pintura, una especie de metáfora abstracta de un almendro en flor. Un paso adelante hacia esa cosa proustiana en la pintura en la que he pensado tantas veces. Una representación no de las cosas, sino de su efecto en la sensibilidad. No espero que se reconozca un almendro; espero transmitir o reproducir algo de él, sea lo que sea, que me ha hecho querer pintarlo. Eso no tiene nada que ver con la botánica o con el ‘paisaje’ en su sentido habitual’.

Por último, el también comisario Felipe Pereda ha destacado tanto la generosidad personal y cultural de Zóbel, apreciable en sus extraordinarios proyectos museísticos, como su visión única del sentido de la Historia del Arte en su conjunto y del papel que la vanguardia juega dentro de ella: manera de mirar muy personal que implica una ‘originalísima propuesta artística’, aquella que ‘entiende la modernidad no como ruptura de la vanguardia con la tradición, sino como reinvención del pasado; no como una forma de olvidarlo, sino como una propuesta para volver a imaginarlo’.

Zóbel. El futuro del pasado
Desde el 14 de noviembre de 2022 hasta el 5 de marzo de 2023
Museo Nacional del Prado
Más información en: www.museodelprado.es