
Sanlúcar de Barrameda, 1977-1978
Durante la temporada estival el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presenta Carmen Laffón. Variaciones, primera gran exposición consagrada a la artista sevillana desde su fallecimiento hace ya casi cinco años. La muestra reúne setenta y siete pinturas, dibujos y esculturas de la autora que se articulan en nueve secciones temáticas dedicadas a los principales géneros cultivados por Laffón: la naturaleza muerta, con máquinas de coser, canastas o alacenas como protagonistas, y el paisaje, véanse sus vistas de Doñana, de las salinas de Bonanza o de sus terrazas madrileñas. El recorrido pone de relieve, pues, la capacidad de la pintora –‘una persona muy carismática, con mucha energía, muy tenaz, pero al mismo tiempo más bien callada, serena, discreta, humilde, tranquila’, en palabras de la doctora en Historia del Arte, Carmen Escardó– para transformar lo cotidiano en una experiencia poética, haciendo ostensible la evolución de un lenguaje plástico marcado por la observación, la luz, el tiempo y el silencio. La idea de la muestra surgió tras el fallecimiento de Carmen Laffón en noviembre de 2021, cuando Paula Luengo, actual comisaria de la exposición y Jefa de exposiciones del Museo Thyssen, propuso a su director artístico, Guillermo Solana, la organización de una monográfica. La idea inicial consistía en realizar una retrospectiva similar a la celebrada en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en 1992, admite Luengo. No obstante, la magnitud del catálogo razonado de Laffón, integrado por unas 1.300 obras, hizo inviable ese planteamiento, optándose por estructurar la muestra en torno al bodegón y el paisaje, principales géneros de su producción pictórica.
En cualquier caso, la estructuración temática del itinerario expositivo no olvida un cierto desarrollo cronológico que inicia su andadura en la década de 1960 con las tempranas series de la muñeca Marcelina y la Cuna –cuya atmósfera onírica se emparenta con el realismo mágico– para acabar con la de las Salinas, ejecutada en torno a 2017-2020 en un estilo que muchas veces roza la abstracción. Y es que, en resumidas cuentas, durante más de sesenta años Carmen Laffón (Sevilla, 1934–Sanlúcar de Barrameda, 2021) desarrolló una obra difícil de clasificar: aunque suele adscribirse al realismo, su pintura trasciende la representación objetiva, incorporando una dimensión contemplativa, evocadora y temporal que dialoga tanto con la tradición del Siglo de Oro, de Velázquez a Zurbarán, como con la modernidad europea, desde Jean-Baptiste-Siméon Chardin a Jean-Baptiste-Camille Corot, sin olvidar a Giorgio Morandi o al propio Mark Rothko. Una pintora de gran vocación, generosidad y compromiso con el arte y con los artistas más jóvenes que, en definitiva, ‘se sentía muy poco protagonista y muy poco influyente y, sin embargo, desempeñó un papel crucial en el arte español del siglo XX’.
Entre realidad y evanescencia
Nacida en Sevilla el 8 de octubre de 1934, Carmen Laffón creció en un entorno humanista y de grandes inquietudes culturales. Sus padres, próximos a la Institución Libre de Enseñanza y relacionados con la Residencia de Estudiantes, estimularon la sensibilidad artística de una niña que muy pronto demostró una extraordinaria capacidad para el dibujo. Así, tras iniciar su formación con el pintor Manuel González Santos, quien la introdujo en el paisaje de Sanlúcar y el Bajo Guadalquivir, Laffón ingresó en la sevillana Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, para continuar más tarde sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Aunque España se debatía entonces entre la tradición académica y la irrupción del informalismo, Laffón eligió seguir un camino distinto. Terminada su instrucción en 1954, la artista descubriría en París la pintura de Corot, Cézanne y Morandi, viaje al que debe añadirse una beca en Roma que terminaría de afianzar su interés por el dibujo, la atmósfera y la construcción espacial. Llegaron entonces sus primeras exposiciones individuales, celebradas en Madrid y Sevilla en 1958, así como su colaboración con la Galería Biosca y la Galería Juana Mordó durante la década siguiente. Allí coincidiría con Antonio López, María Moreno, Julio López Hernández, Francisco López Hernández e Isabel Quintanilla, aquella generación de ‘realistas madrileños’ con quienes la crítica ha querido agrupar a Laffón. No obstante y a pesar de compartir con ellos una gran capacidad de análisis del entorno, en las telas de nuestra autora la luz y los fenómenos atmosféricos prevalecen sobre los objetos, sumidos en un progresivo proceso de desmaterialización de la imagen mediante veladuras y manchas difuminadas. De esta forma, tal y como ha subrayado Juan Manuel Bonet, la artista mantuvo siempre una trayectoria independiente con respecto a las sucesivas tendencias del arte español.
Una pintura de la mirada
Laffón impulsó importantes iniciativas para la vida artística sevillana, como la Galería La Pasarela y el estudio El Taller, al mismo tiempo que emprendía una labor docente que le valdría la cátedra de Dibujo del Natural en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Partidaria del diseño como método de conocimiento más allá de mero ejercicio técnico, la autora defendió que en el arte había de aprenderse a mirar antes que a pintar. Por eso a lo largo de seis décadas su obra trasluce una franqueza y fidelidad extraordinarias aplicadas a un reducido número de motivos como frutas y flores, mesas, patios o ventanas, además de viñedos, marismas y salinas. Una insistencia que responde a un método creativo basado en la repetición como forma de aprendizaje. De ahí que cada nueva pintura suponga un profundo estudio de los cambios que experimentan los objetos en determinadas condiciones de luz o humedad, revelando el profundo interés de la pintora por la experiencia temporal de los espacios físicos. No en vano, cuando en el año 2000 Carmen Laffón se convierte en la segunda mujer académica de numero de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, su discurso de ingreso, Visión de un paisaje, defendió la contemplación como fundamento del proceso creativo, reivindicando el paisaje, no como un género pictórico, sino como una experiencia existencial, donde la observación paciente ha de entenderse como una forma de conocimiento comparable a la escritura o a la filosofía.
Morandi y Rothko
En este sentido, la pintura de Laffón se ha relacionado con la de Giorgio Morandi, al hacer de los objetos cotidianos escenarios de una intensa exploración visual. La principal diferencia entre ambos radicaría en sus distintos objetivos ya que, mientras Morandi centra su interés en la geometría de las naturalezas muertas, Laffón busca un espacio abierto de amplios horizontes, tal y como patentizan las grandes vistas de las salinas de Bonanza que la sevillana inició en los años noventa del pasado siglo. En ellas, como también sucede en sus bodegones concebidos horizontalmente y divididos en dos planos, Laffón sintetiza el paisaje en amplias bandas cromáticas donde la línea del horizonte estructura la composición, consiguiendo así que sus obras, en palabras de Guillermo Solana, rocen la abstracción ‘sin abandonar nunca la experiencia de la realidad’ –un aspecto que la alejaría de Mark Rothko, otro de los pintores con los que se la relaciona–. Igualmente en las azoteas y paisajes urbanos de Laffón, el detalle pierde importancia frente al perfil de la ciudad y el cielo. A este respecto, Francisco Calvo Serraller insistió en su capacidad para convertir la experiencia cotidiana en una forma de trascendencia visual, mientras que Valeriano Bozal destacó la dimensión temporal de sus imágenes, en cuyos motivos parece sedimentarse el tiempo. Por su parte, Kosme de Barañano ha interpretado sus paisajes como espacios de contemplación en los que la luz sustituye al relato.
Laffón escultora
Desde la década de 1990 Carmen Laffón intensifica su producción escultórica, en la que, a través de una austera simplificación formal, plasma las mismas inquietudes estéticas que en la pintura. Por eso sus esculturas, consideradas una prolongación y proyección tridimensional de sus creaciones pictóricas, reiteran una y otra vez la representación en yeso, bronce y madera de motivos procedentes de la vida cotidiana y de la naturaleza como repisas, racimos de uvas, cestos, troncos o montañas de sal. En estas creaciones, al igual que en sus óleos, la materialidad de los objetos, el silencio, la luz y el volumen constituyen sus grandes preocupaciones artísticas.
A parte de su ingreso en la RABASF, la aportación estética de Carmen Laffón fue reconocida ya 1982, cuando recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas, y en 1999, año en que se le otorgaría la Medalla de oro al mérito en las Bellas Artes. Durante las últimas décadas, además, una relectura de género de la Historia del Arte ha restituido a la autora su merecido reconocimiento como mujer artista, destacándose su independencia creativa y la originalidad de su estilo dentro del panorama artístico contemporáneo. Un lenguaje personal que no hace sino plasmar aquello con lo que la autora tiene ‘un vínculo afectivo e íntimo’ en lo que supone, según Escardó ‘una especie de proceso emocional por el que ella nos muestra su mundo y su forma de estar en ese mundo’, un espacio en el que a su alrededor se encuentran ‘su familia, Sanlúcar y su Sevilla querida, su ciudad del alma, donde nace y se edifica como artista viviendo el simbolismo de la Generación del 27 y trascendiéndolo’. La muestra del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza brinda por tanto una gran oportunidad para conocer, no solo la trayectoria de Carmen Laffón a lo largo de seis décadas de carrera pictórica, sino también a la propia Carmen, ‘una artista que habló muy poco de su obra’ y, de la que en consecuencia puede afirmarse que ‘sus palabras son sus cuadros’.
Carmen Laffón. Variaciones
Desde el 23 de junio hasta el 27 de septiembre de 2026
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid
Más información en www.museothyssen.org
Cita este artículo
‘Carmen Laffón. Variaciones’, En Perspectiva. España de viaje: Arte y Turismo cultural, año VII, núm. 2 (junio-septiembre de 2026), www.en-perspectiva.es

